Lunes 27 de Enero de 2020
REFLEXIONES NAVIDEÑAS DE UN CREYENTE.

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REFLEXIONES NAVIDEÑAS DE UN CREYENTE.

Jesús Vallejo Mejía

Escribo hoy, 25 de diciembre, y el tema obligado toca con Nuestro Señor Jesucristo, cuyo nacimiento celebramos en este día.

Según leí esta mañana, los datos más recientes indican que en el mundo hay algo más de dos mil millones de cristianos, más de la mitad de los cuales hemos sido bautizados dentro de la Iglesia católica, apostólica y romana. El resto se distribuye entre protestantes (37%) y ortodoxos (12%). Al Cristianismo le sigue en importancia el Islam, con cerca de mil doscientos millones de fieles. Y en tercer lugar ubica el Hinduísmo, con unos ochocientos cincuenta millones de seguidores, casi todos residentes en la India.

Por supuesto que no todos los que figuramos como cristianos somos practicantes. Es difícil establecer porcentajes precisos que nos den idea acerca de la participación efectiva de los bautizados en las diversas comunidades cristianas, pero por distintas vías se sabe que su número tiende a reducirse en el mundo desarrollado, a la vez que se incrementa en los países en vía de desarrollo.

Los datos estadísticos se prestan a distintas interpretaciones.

Para los creyentes, las cifras indicativas de la incredulidad representan un fracaso atribuible en buena medida a los propios discípulos de Cristo, pero sobre todo a la humanidad misma, que en términos del Evangelio de San Juan se ha negado a recibir la luz  que anuncia  la Buena Nueva. Los no creyentes, en cambio, piensan que la reducción de las comunidades religiosas preludia la llegada de una época feliz en que la racionalidad y la tolerancia se impondrán sobre las tinieblas de la superstición y el fanatismo.

Observemos que unos y otros conciben la plenitud y  la frustración  de la condición humana en términos de luminosidad y oscuridad. Pero los respectivos conceptos de  lo luminoso y lo oscuro se oponen entre sí. La luz de los creyentes es oscuridad para los incrédulos, y viceversa.

Es interesante observar cómo los seres humanos interpretamos el mundo que nos rodea, y nos interpretamos a nosotros mismos, al tenor de categorías que tomamos del mundo físico y extrapolamos al espiritual. Lo luminoso y lo oscuro, lo puro y lo impuro, lo limpio y lo sucio, lo diáfano y lo turbio, etc., son polaridades que resultan de nuestro contacto con las cosas y condicionan nuestros conceptos morales, esto es, la percepción de lo valioso y lo disvalioso.

¿Cómo saber si nuestros pasos nos encaminan hacia la Luz y no hacia la Oscuridad?

La cuestión interesa tanto a la vida personal como a la colectiva. A cada uno de nosotros nos interesa saber si vamos o no por buen camino. Pero también atañe a las sociedades la identificación del Bien y el Mal y lo que a ellos conduce, pues si el Mal cunde, aquéllas se destruyen.

El pensamiento dominante hoy en día parte de premisas no sólo equivocadas, sino insostenibles y que él mismo no puede afirmar explícitamente sin riesgo de contradecirse y autodestruirse.

Según se afirma a troche y moche, estas categorías son subjetivas y se fundan en consideraciones que cada uno se hace en su intimidad, de suerte que lo que parece bueno para unos no lo es para otros, y lo que a los de acá les repugna, puede ser atractivo para los de acullá.

Resulta, empero, que todo lo que pensamos como bueno o malo da resultados en nuestras acciones y en nosotros mismos. Si nuestras opiniones se traducen en actitudes, palabras y acciones u omisiones, de ese modo influyen en nuestros semejantes e incluso en el desarrollo de nuestra personalidad. De ahí que, como dijo San Agustín, somos lo que amamos, es decir, lo que valoramos o aquello en que creemos, que es lo que nos define.

Sartre remata diciendo que somos lo que hacemos, pero esto depende precisamente de lo primero, o sea de nuestros valores y nuestras creencias.

Lo que pensamos que es luminoso u oscuro determina, por ende, el panorama de nuestro universo moral y los resultados efectivos de nuestro accionar en el mundo. Y estos resultados son reales, no imaginarios ni virtuales. El que busca la Luz por buen camino, la encuentra; pero, si la confunde, se pierde y se frustra.

El Evangelio es tajante:”Por sus frutos los conoceréis”.Y en otro lugar añade:”¿Podrá por ventura un ciego guiar a otro ciego?”.

Todo esto apunta hacia la consideración de que los hechos señalan cuál es el camino de la realización plena de la persona humana, lo que la inunda de Luz y disipa la Oscuridad. Y esos hechos nos hacen ver que el mundo moral no es imaginario, sino que hay verdades morales y que éstas son decisivas para la perfección del hombre.

No hay tal, pues, acerca de que en este ámbito todo es del color del cristal a través del que se mire, pues los hechos muestran que las malas elecciones morales traen consigo consecuencias dañinas, en tanto que las buenas producen frutos halagüeños. Y esas malas elecciones no restringen sus malos efectos al ámbito privado de quienes las deciden, sino que se proyectan hacia los demás individuos y la totalidad del entorno social.

No cabe duda, entonces, de que la valoración del obrar humano da lugar por lo menos a tres clases de juicios, a saber: el que cada uno hace sobre sus resultados, el que cada uno de los demás elabora en torno de cómo podría afectarlo la acción del otro, y el juicio global que sobre todo los responsables de la buena marcha de la cosa pública formulas acerca de los efectos colectivos de las acciones individuales.

Esto lo vio con entera claridad Aristóteles, al sugerir que la justicia debe mirarse en las relaciones de la comunidad con los individuos, las relaciones de los individuos entre sí y las relaciones de cada uno de ellos con el todo social. Pero el individualismo moderno ha perdido de vista los aspectos intersubjetivos y colectivos de la moralidad, al tratar de reducirla al ámbito cerrado de la intimidad personal.

Ningún gobernante es capaz de ejercer su oficio pensando que los valores son del todo subjetivos y arbitrarios, de suerte que escapan de suyo a toda racionalidad. Su perspectiva no puede dejar de ser necesariamente global, lo que significa que debe partir de alguna noción indicativa de qué es lo bueno y lo malo para el conglomerado social.

Así las cosas, las grandes discusiones morales sobre lo que contribuye a la realización plena de la persona humana o a su frustración, esto es , sobre lo que en últimas es lo Bueno o lo Malo, se mueven en torno de lo que se considera que favorece la convivencia, lo que la perturba o lo que puede, según las circunstancias,  ser  indiferente en términos generales para ella.

Las políticas que promueven la difusión del ideario de la Ciencia y el descrédito del pensamiento religioso se fundan en que aquélla ilumina la acción humana, en tanto que el segundo la ofusca.

Hay pues detrás de todo ello unos juicios de valor acerca de los efectos del pensamiento científico y los del religioso sobre la vida humana. No se dice que cada uno es libre de optar por lo uno o por lo otro, tal como podría pensarse de acuerdo con las premisas de la ideología dominante , sino que en el conflicto entre lo científico y lo religioso debe prevalecer lo primero, porque es lo verdadero y diáfano. O sea, que la Ciencia es la Luz, mientras que la Religión es la Oscuridad.

Los grandes debates que enfrentan a nuestras sociedades en torno de las costumbres, especialmente las de la vida familiar y las sexuales, se mueven teóricamente a partir de premisas sobre la libertad de cada individuo de organizar su vida según le parezca y sin que nadie, ni siquiera la autoridad social, esté autorizado para imponerle sus pautas. Pero, bien miradas las cosas, se advierte que hay otras premisas implícitas, según las cuales podría pensarse que el orden familiar y el de la sexualidad son indiferentes para la colectividad, o que lo que a ésta precisamente le conviene es el desorden reinante en las costumbres.

Así las cosas, la fementida argumentación que dice partir de la base de la autonomía moral de cada individuo y el consiguiente relativismo en esta materia, sólo tiene fuerza en la medida que se considere que dicha autonomía no afecta el equilibrio de la sociedad y más bien lo beneficia. Pero cuando se advierte que ella puede alterar su visión de la convivencia, sus ideólogos no vacilan en constreñirla, tal como sucede hoy en día con las leyes sancionatorias de lo que se considera que son comportamientos ofensivos para con las minorías raciales, sexuales o de otras clases.

Los promotores del NOM tienen, pues, su propia visión del Camino, la Verdad y la Vida, que se contrapone radicalmente a la que nos ofrece el Evangelio. Y la están imponiendo a fuerza de sofisma, a menudo por la fuerza sutil de las manipulaciones de todo género, cuando no por medios no muy alejados de la fuerza bruta.

Queda por ver, sin embargo, si sus frutos lo son de vida luminosa y plena, o más bien contribuyen a la destrucción de la humanidad.

Se trata, en síntesis, de establecer si la Luz que verdaderamente ilumina es la de Cristo, cuyo nacimiento recordamos hoy, o la del Gnosticismo y su secuaz, la Masonería.

Habrá que mirar entonces si el Evangelio es la guía moral por excelencia para la vida individual y la colectiva, a pesar de los fracasos y los extravíos de sus difusores, o si una Ciencia que por definición es ajena al mundo de los valores y por ende ciega, es capaz de guiar nuestros pasos por buen camino.

Vuelvo sobre uno de mis maestros a distancia, Claude Tresmontant, para recordar que en su gran libro “L’Enseignement de Ieschoua de Nazareth” (Editions du Seuil, Paris, 1970), sostiene que el Evangelio formula una verdadera Ciencia, la de la divinización del ser humano, o sea, la de su plenitud, la que nos lleva a “ser perfectos como nuestro Padre Celestial lo es”.

Se trata de una Ciencia que va a lo profundo del fenómeno humano, no hacia lo que es parcial o externo, sino lo que constituye su realidad última, su dimensión espiritual. Es, por otra parte, Ciencia avalada por la experiencia de muchísimos santos a lo largo de cerca de dos milenios, experiencia que suele ignorarse por los amos del pensamiento que dominan las variadas disciplinas que se ocupan hoy de la mente, el cuerpo y el obrar humanos.

Es, pues, mucha la tela que hay para cortar acerca de estos tópicos.

 

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