Lunes 20 de Enero de 2020
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DONDE ESTÀ LA PAZ DE SANTOS?

Plinio Apuleyo Mendoza

Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito.

¿Sobre qué escribir? Me lo pregunto frente al computador. Reviso mentalmente los temas y descubro que, por terribles que sean, no hay nada nuevo que decir sobre ellos. Muchos de mis colegas los han abordado, sin dejar resquicio alguno para encontrarles una novedad. El glifosato, por ejemplo. Después de leer las columnas de Moisés Wasserman y María Isabel Rueda acerca de las discutibles y, en todo caso, dudosas propiedades cancerígenas de esta sustancia, lo único que retengo es que el glifosato no está prohibido en ningún país. Por consiguiente, debería utilizarse para la aspersión aérea en Colombia, ya que somos la nación del mundo que tiene los mayores y desastrosos cultivos de coca.

Otro tema: la interrupción de la vía Bogotá-Villavicencio. Sabemos los desastres que implica para el Llano y la economía del país. Grandes empresas están amenazadas de quiebra por el costo y las dificultades de enviar sus productos a Bogotá. ¿Cuánto tiempo se necesita para evitar las avalanchas de tierra mediante complicados trabajos de ingeniería? Se había hablado inicialmente de una suspensión del tráfico vehicular por tres meses, pero ahora se anuncia por un plazo de mínimo un año.

Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito. Ahora, la violencia que se vive en el Valle del Cauca, el sur de Antioquia, el Catatumbo, Arauca y otras regiones fronterizas con Venezuela corre por cuenta del Eln, las disidencias de las Farc y otras guerrillas, alimentadas todas por el narcotráfico.

Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal

Las víctimas son de todas las tendencias. Se nos informa que las cifras de excombatientes desaparecidos de las Farc llegan a 724 hombres. ¿Víctimas o disidentes que han vuelto a la guerrilla? No se sabe. La misma inquietud produce la súbita desaparición de ‘Jesús Santrich’. Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal.

Nada de esto es culpa del Gobierno. Todo lo contrario. Desde el mandato de Álvaro Uribe no teníamos un presidente tan empeñado como Duque en abrir un camino hacia la paz real y efectiva. Pero esto es solo un sueño. Lo comprobaron en su momento notables figuras como Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (siempre recuerdo haberlo visto muy de cerca, tendido sobre el andén mientras dos policías desarmaban a Roa Sierra), la violencia ha durado más de setenta años, salpicando diariamente la prensa con sus noticias.

La semana pasada encontré una novela mía: Entre dos aguas. Volví a leerla. Para mi sorpresa, descubrí que era una especie de autobiografía, apenas camuflada, que recordaba la decisión que partió mi vida. Después de terminar mi bachillerato a la edad precoz de quince años, duré dos años más sin escoger carrera. Contra la opinión de mi padre, no quería estudiar Derecho, ni Ingeniería ni mucho menos Química Industrial. Pasaba gran parte de mi tiempo en la Biblioteca Nacional, leyendo autores como Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y otros escritores franceses traducidos al castellano. ¿Quería yo ser poeta? De pronto.

Terminé viviendo más de veinte años en París, sin desvincularme nunca de Colombia ni de los temas cruciales de mi país. Venía casi todos los años. Era doloroso dejar atrás el mundo existencialista de Saint-Germain-des-Prés, sus cavas donde resonaban los lamentos del jazz, sus cafés y notables cantantes como Juliette Gréco, para recoger en mis escritos nuestros parajes más tormentosos.

Evidentemente, la violencia ha cambiado de cara. Hace medio siglo, sin duda por influencia de Cuba, era inevitable instrumento de los grupos insurreccionales para llegar al poder. Hoy obedece a otros móviles. Incluso, el Eln vive a la sombra del narcotráfico, como las restantes guerrillas. La corrupción es la madre de muchos homicidios, y el populismo es el peligro de las próximas elecciones.

Plinio Apuleyo Mendoza Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito. ¿Sobre qué escribir? Me lo pregunto frente al computador. Reviso mentalmente los temas y descubro que, por terribles que sean, no hay nada nuevo que decir sobre ellos. Muchos de mis colegas los han abordado, sin dejar resquicio alguno para encontrarles una novedad. El glifosato, por ejemplo. Después de leer las columnas de Moisés Wasserman y María Isabel Rueda acerca de las discutibles y, en todo caso, dudosas propiedades cancerígenas de esta sustancia, lo único que retengo es que el glifosato no está prohibido en ningún país. Por consiguiente, debería utilizarse para la aspersión aérea en Colombia, ya que somos la nación del mundo que tiene los mayores y desastrosos cultivos de coca. Otro tema: la interrupción de la vía Bogotá-Villavicencio. Sabemos los desastres que implica para el Llano y la economía del país. Grandes empresas están amenazadas de quiebra por el costo y las dificultades de enviar sus productos a Bogotá. ¿Cuánto tiempo se necesita para evitar las avalanchas de tierra mediante complicados trabajos de ingeniería? Se había hablado inicialmente de una suspensión del tráfico vehicular por tres meses, pero ahora se anuncia por un plazo de mínimo un año. Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito. Ahora, la violencia que se vive en el Valle del Cauca, el sur de Antioquia, el Catatumbo, Arauca y otras regiones fronterizas con Venezuela corre por cuenta del Eln, las disidencias de las Farc y otras guerrillas, alimentadas todas por el narcotráfico. Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal Las víctimas son de todas las tendencias. Se nos informa que las cifras de excombatientes desaparecidos de las Farc llegan a 724 hombres. ¿Víctimas o disidentes que han vuelto a la guerrilla? No se sabe. La misma inquietud produce la súbita desaparición de ‘Jesús Santrich’. Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal. Nada de esto es culpa del Gobierno. Todo lo contrario. Desde el mandato de Álvaro Uribe no teníamos un presidente tan empeñado como Duque en abrir un camino hacia la paz real y efectiva. Pero esto es solo un sueño. Lo comprobaron en su momento notables figuras como Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (siempre recuerdo haberlo visto muy de cerca, tendido sobre el andén mientras dos policías desarmaban a Roa Sierra), la violencia ha durado más de setenta años, salpicando diariamente la prensa con sus noticias. La semana pasada encontré una novela mía: Entre dos aguas. Volví a leerla. Para mi sorpresa, descubrí que era una especie de autobiografía, apenas camuflada, que recordaba la decisión que partió mi vida. Después de terminar mi bachillerato a la edad precoz de quince años, duré dos años más sin escoger carrera. Contra la opinión de mi padre, no quería estudiar Derecho, ni Ingeniería ni mucho menos Química Industrial. Pasaba gran parte de mi tiempo en la Biblioteca Nacional, leyendo autores como Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y otros escritores franceses traducidos al castellano. ¿Quería yo ser poeta? De pronto. Terminé viviendo más de veinte años en París, sin desvincularme nunca de Colombia ni de los temas cruciales de mi país. Venía casi todos los años. Era doloroso dejar atrás el mundo existencialista de Saint-Germain-des-Prés, sus cavas donde resonaban los lamentos del jazz, sus cafés y notables cantantes como Juliette Gréco, para recoger en mis escritos nuestros parajes más tormentosos. Evidentemente, la violencia ha cambiado de cara. Hace medio siglo, sin duda por influencia de Cuba, era inevitable instrumento de los grupos insurreccionales para llegar al poder. Hoy obedece a otros móviles. Incluso, el Eln vive a la sombra del narcotráfico, como las restantes guerrillas. La corrupción es la madre de muchos homicidios, y el populismo es el peligro de las próximas elecciones.

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LA POLITICA UNA ACTIVIDAD MAFIOSA

VARGAS MAURICIO

 
08 de junio 2019 , 10:28 p.m.

Por increíble que parezca, avanzó de modo silencioso un proyecto legislativo al que esta semana le faltaban dos debates de los ocho que debe surtir por cambiar un artículo de la Constitución, y que revivía –vigorizada– la ‘mermelada’ criminal, ese mecanismo de asignación de la inversión pública que durante casi dos décadas abrió las puertas al saqueo y operaba con los llamados ‘cupos indicativos’.

 

Dichos cupos nacieron con el siglo, cuando Juan Manuel Santos era ministro de Hacienda y, para contentar a las mayorías del Congreso y convencerlas de votar una vital reforma del situado fiscal, se inventó unas partidas que podían ser propuestas por los congresistas para invertir en sus regiones.

Sonaba bonito, pero era veneno puro: muchos congresistas llegaban al Ministerio de Hacienda con sus proyectos bajo el brazo y –claro– con el contratista amarrado. Le llevaban esos recursos al alcalde o al gobernador, a condición de asignárselo a dicho contratista, y luego el congresista le cobraba una jugosa comisión al constructor, quien, para pagarla, aumentaba el precio de la obra o la dejaba a medias. Muchas obras quedaron inconclusas, pero el parlamentario tramitador igual se llenó los bolsillos. Una decena de billones de pesos fueron asignados así durante el segundo mandato de Santos, para pagar a los caciques la factura de su reelección en 2014.

En campaña, Iván Duque se comprometió a acabar con ese mecanismo. Y cumplió: el presupuesto aprobado por el Congreso para la vigencia 2019 fue el primero en casi dos décadas sin los billonarios cupos. Al principio, el síndrome de abstinencia casi mata a medio Congreso. La incomodidad de decenas de parlamentarios exbeneficiarios del perverso sistema explica que al presidente Duque le haya costado tanto sacar adelante sus leyes en el Capitolio. Pero valía la pena ese costo, pues, de un solo golpe, se cerró el mayor boquete para el saqueo del presupuesto.

El proyecto –moribundo, por fortuna– que revive el monstruo deja en cabeza de los congresistas la iniciativa de asignación del 20 por ciento del presupuesto de inversión. Si hubiese existido este año, unos 9 billones de pesos en contratos habrían sido asignados por los parlamentarios. Aparte de violar el principio de separación de poderes (la iniciativa del presupuesto es del Gobierno y no del Congreso), la reforma perfecciona el mecanismo de robo, pues ya ni siquiera se trata de “sugerencias” de los congresistas (como se suponía eran los cupos indicativos), sino de imposiciones consagradas como derecho constitucional de senadores y representantes.

El representante del Polo Democrático Germán Navas Talero, ponente en la Cámara, se unió a un puñado de parlamentarios de la antigua Unidad Nacional santista para revivir la ‘mermelada’, y argumentó que la iniciativa creaba un mecanismo transparente para asignar los recursos. Puro bla, bla, bla: con ese mismo cuento crearon los cupos indicativos hace casi 20 años. Y está claro que en la ‘mermelada’ hubo de todo, menos transparencia.

Ojalá que la Comisión Primera del Senado, donde este engendro surte su séptimo debate, lo termine de enterrar. El Gobierno rechazó el proyecto, y varias bancadas partidistas –empezando por la liberal– se comprometieron a hundirlo. Muchos congresistas comprendieron que, por culpa de la ‘mermelada’, hacer política se había convertido en una actividad mafiosa que, además, hizo impagables las campañas para los que no roban. Enhorabuena: y ahora, acaben de matar el adefesio.

* * * *

Insensatez. Para la Corte Constitucional, quien consume drogas o alcohol en un parque, delante de niños que juegan, ejerce el derecho al libre desarrollo de la personalidad. ¿En qué mundo viven los magistrados?

MAURICIO VARGAS
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CON ESTOS JUECES....NO

Rafael Nieto Navia       

En 1936 se publicó la primera edición de un libro -luego han seguido cientos de ellas-, que se llama El elogio de los jueces, cuyo autor fue un abogado italiano, Piero Calamandrai, verdadero jurista de los que ha habido tan pocos. Es una obra que habla fundamentalmente de las relaciones entre abogados y jueces, y en la que de una manera gratísima de leer se deslizan consejos y comentarios sobre lo que deben ser y se espera que sean los jueces.

Para el juez, dice Calamadrei, “sentencia y verdad deben en definitiva coincidir; [porque] si la sentencia no se adapta a la verdad [ésta quedará reducida] a la medida de su sentencia”. Y agrega el autor de “El elogio de los jueces”: “Difícil es para el juez hallar el justo punto de equilibrio entre el espíritu de independencia respecto de los demás y el espíritu de humildad ante sí mismo; ser digno sin llegar a ser orgulloso, y al mismo tiempo humilde y no servil; estimarse tanto a sí mismo como para saber defender su opinión contra la autoridad de los poderosos o contra las insidias dialécticas de los profesionales, y al mismo tiempo tener tal conciencia de la humana falibilidad que esté siempre dispuesto a ponderar atentamente las opiniones ajenas hasta el punto de reconocer abiertamente el propio error, sin preguntarse si ello puede aparecer como una disminución de su prestigio. Para el juez, la verdad ha de significar más que la prepotencia de los demás, pero más también que su amor propio”.

Yo, que fui juez internacional por veinticinco años, doy fe de lo difícil que es administrar justicia y, sobre todo, no dejarse llevar por inclinaciones personales o cantos de sirena. El juez tiene que separarse de “sus propias opiniones políticas, su fe religiosa, su condición económica, su clase social, sus tradiciones regionales o familiares y hasta sus prejuicios y fobias".

Los jueces poseen un “poder mortífero -dice Calamadrei-  que, mal empleado, puede convertir en justa la injusticia, obligar a la majestad de las leyes a hacerse paladín de la sinrazón e imprimir indeleblemente sobre la cándida inocencia el estigma sangriento que la confundirá para siempre con el delito”. La justicia exige distinguir entre lo justo y lo injusto, siempre, por supuesto, con el derecho -que es precisamente la ciencia de lo justo- en la mano, pero con suficiente independencia para, llegado el caso, abstenerse de aplicar la ley injusta.

El libro fue escrito cuando en los colegios se enseñaba religión y en las universidades ética.

“Hoy todo cuán distinto” como dijo el poeta. Los que nos formamos en la vieja escuela, nos escandalizamos de lo que se llama “justicia” en Colombia, no la de los jueces de pueblo sino la de las altas magistraturas. El “cartel de la toga” era inimaginable cuando fui magistrado suplente en la Corte Suprema, pocos años antes de que el M19 la quemara. Y, por supuesto, lo que surgió de la Constitución del 91 y del esperpento de la Corte Constitucional. Cuántos abusos se han cometido en la “interpretación” de la Constitución que la Corte entiende como el derecho a modificarla y cuántas “normas” han invadido las áreas de otras ramas del poder. ¿Hay intereses inconfesables?

Negar las objeciones de Duque a la Ley Estatutaria de la JEP con un falso argumento matemático, hace nugatoria la facultad del Comisionado para impedir que terceros no vinculados al conflicto evadan la extradición, y hace que la disposición del Acuerdo que castiga los delitos posteriores a la fecha del mismo naufrague en las manos de la JEP.

 

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EL TARTUFO TIENE LA CULPA,DEL PLAN MACABRO DE SANTOS.

 

Abelardo De La Espriella

El plan macabro de Juan Manuel Santos no podía ejecutarse solo o implementarse por generación espontánea: robarse el plebiscito y, de suyo, la voluntad popular mayoritaria requería cómplices, y, para ese cometido, el Tartufo se tomó la Corte Constitucional. La mamertería y algunos incautos de este otro lado del espectro ideológico discurren en el manido mensaje de “no aplicar el espejo retrovisor”; pero yo les digo: no solo hay que poner todos los espejos retrovisores que sea posible, sino que hay que enfrentar también las causas del despiporre institucional que padece nuestra Patria, ¿o es que para curar una enfermedad no hay que buscar sus orígenes?

La génesis del cáncer que tiene postrada a Colombia no es otra que la del maldito ayuntamiento, por demás concupiscente, entre Santos y las mayorías que este impuso en la Corte Constitucional. Gracias a ese maridaje funesto y prevaricador, el Tartufo se robó el plebiscito y ahora mantiene en vilo la gobernabilidad del presidente Iván Duque. Cualquier decisión del primer mandatario para enderezar los entuertos heredados del gago demoníaco chocará con una barrera infranqueable: los esbirros de Santos en la Corte Constitucional, que, como partícipes determinantes que fueron del golpe de estado que se dio en contra de la voz del pueblo, no dejarán pasar ninguna iniciativa que pretenda resarcir los derechos del constituyente primario, pues quedarían en evidencia todas las maturrangas que se orquestaron para regalarle la impunidad total a las Farc.

Parte del problema es la falta de estatura intelectual, moral y social de los jueces de ese antro en el que se ha convertido la otrora prestigiosa Corte Constitucional. Un solo ejemplo de la descomposición y falta de calidad de sus miembros: Antonio Lizarazo fungió como asesor de Santos en el proceso con las Farc, lo cual no fue óbice para que sus compañeros lo designaran ponente de las objeciones presidenciales a la JEP, las mismas que fueron hundidas, torciéndole el pescuezo a la ley. Ya ni vergüenza tienen los “togados del mal”: hacen lo que se les viene en gana, se creen por encima del Ejecutivo, de todo el Poder Judicial, usurpan las competencias del Congreso, se pasan la Constitución Nacional por la faja, interpretándola a conveniencia, y, lo que es aún peor, desdeñan del veredicto de las mayorías, como si el constituyente primario, es decir, el pueblo, fuese un convidado de piedra.

Si por la Corte Constitucional llueve, por el Consejo de Estado no escampa: digamos que la una es una cloaca, y el otro un lupanar, en el que las cartas están marcadas. El Tartufo también corrompió al Consejo de Estado. Como buenos deshonestos, Santos y sus cómplices de las altas cortes tienen claro que, para los amigos, se interpreta la Ley, mientras que, a los demás, se les aplica, y que más vale un magistrado “amarrado’ que todo el derecho de un lado. Los “honorables” togados de lo contencioso administrativo, frente a supuestos fácticos y jurídicos exactamente iguales, asumieron dos posturas completamente divergentes: despojaron de su investidura a la tristemente célebre Aída Merlano porque no se posesionó al estar privada de la libertad; pero ¡oh “sorpresa”!, conservaron la de Santrich, que tampoco juramentó en el cargo, al estar preso, lo que posteriormente llevó a la Corte Suprema a ordenar la libertad del narcoterrorista jefe de las Farc, porque obviamente sí tiene fuero y, por ello, solo podía estar detenido por orden de su juez natural. En esta ecuación funesta se salva (por ahora) la Corte Suprema, que deberá mostrar en los próximos días, si, en este caso, está del lado de la legalidad, ordenando la captura de Santrich (ojalá no se vuele antes) como en derecho corresponde.

No asistimos a la consolidación del gobierno de los jueces, sino más bien a la dictadura de unos magistrados que actúan al unísono para encubrir lo que, junto con Santos, hicieron: estafar la democracia y prostituir la institucionalidad, a cambio de lisonjas y prebendas.

Que nadie se llame a engaños: Santrich está libre, gracias a Santos y al resto de bandidos que lo han secundado, pues dejaron todo amarrado y siguen conspirando incluso a nivel internacional para garantizar a toda costa que las Farc se burlen de la sociedad y las víctimas.

El presidente debe tomar medidas contundentes para sacar al país de atolladero: Santos nos hundió en el barro; pero Duque tiene la responsabilidad histórica de sacarnos de ahí a como dé lugar.

La ñapa I: La arrogancia de Jesús Santrich solo es comparable con la de Simón Trinidad, que hoy día está bien mansito. ¡Ya veremos qué tan bravo es el bellaco de Santrich cuando lo monten en el avión de la DEA, rumbo a Estados Unidos!

La ñapa II: La peor desgracia que le ha ocurrido a Colombia tiene nombre propio: Juan Manuel Santos, pues el daño que le ha causado a la República tardará años en ser reparado. Falso proceso de paz con las Farc, la corrupción rampante en su mandato y los sobornos de Odebrecht son tan solo algunos ejemplos del legado maldito del Tartufo. ¿Cómo explicarles a nuestros jóvenes tanta impunidad y maldad?

La ñapa III: Hay que reconocerle algo a Iván Cepeda: el hombre está con las Farc “de frente, mar”. Lo que se hereda no se hurta, como dice el refrán.

La ñapa IV: Si tuvieran algo de coherencia Daniel “Pecueca” Samper; María Jimena “la Dulzura Duzán”, “Vladdulaque Flórez” y Antonio “el Ogro” Caballero, ya habrían renunciado todos a la revista Semana, en respaldo a su amigote Daniel Coronel. ¡Qué va: prefieren no patear la lonchera! Poderoso caballero es don dinero.

@DELAESPRIELLAE

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LAS CORTES MAS" FARIANAS" QUE LAS FARC

Diana Sofía Giraldo        

Una de las ventajas de los momentos de crisis que viven las sociedades es observar, por contraste, las lecciones positivas que dejan.

Resulta, por lo menos, interesante buscar lo bueno que ha dejado la confusa oscuridad que, en materia institucional, se pregona por estos días.

Por ejemplo ¿Para qué está sirviendo la confusión generada por el caso Santrich, no sólo entre los colombianos sino en las mismas filas de las Farc, ahora convertidas en partido político y como tal expuesto a las mismas peripecias típicas de estas  colectividades: disidencias, divisiones, traiciones, choques de ambiciones y rivaliades internas….?

Sirve para aclararle a algunos de los cabecillas desmovilizados de las Farc un tema fundamental:  si alguna vez, durante las negociaciones, soñaron con dejar abiertas las puertas para continuar con la combinación de todas las formas de lucha, es decir, actuar en el centro del escenario democrático y simultáneamente mantener los nexos con el mundo de la ilegalidad, a través de los grupos armados y del fabuloso negocio del narcotráfico, pues los hechos han demostrado que definitivamente no se pudo. No se pudo.

Tanto lobby internacional sirvió no sólo para protegerlos sino para observarlos. Los ojos del mundo tienen los reflectores y los oídos bien puestos sobre ellos. Hasta Timochenko se dió cuenta de la necesidad de jugar limpio y de la imposibilidad de mantener un doble juego. “Frente a la Paz no puede haber medias tintas, se está o no se está”. En el mensaje a Iván Márquez no sólo le pide coherencia, sino que debilita, tácitamente, el entramado de argucias jurídicas y políticas que buscan justificar lo injustificable: el delito de narcotrafico. Descarga, además, el peso de la responsabilidad de lo sucedido, en las mismas filas de las Farc, al señalar directamente al sobrino de Márquez: “esa extraña y peligrosa relación con su sobrino Marlon Marín, relación que terminó por enredar a Santrich y enlodar nuestro trabajo político…”

Entonces, si hasta Timochenko llama las cosas por su nombre, ¿que hace una larga fila de personajes del "establecimiento" pretendiendo justificar lo injustificable? Dan la impresión de querer congraciarse con el partido de la Farc, para que sus antiguas faltas queden diluidas en su actitud “progresista".

¿Más farianos que las Farc?

Suena estrambótico que "en nombre de la paz" y con discurso sofista pretendan acabar con la extradición, en esta coyuntura particular, para salvar a un señor cuando una parte de los propios no quiere hacerlo. Y lo más doloroso es que actúan en nombre de las víctimas. Recientemente escuchamos atónitos a uno de estos personajes condenar con vehemencia a los violadores de niñas en la guerra, pero a futuro…para los próximos casos…Con tantas volteretas oportunistas   ¿qué los hace creer que, en una eventual llegada al poder de la izquierda, ellos sobrevivirán?

Hace bien Timonchenko en querer acallar el llamado guerrerista de Márquez a los desmovilizados que están en las zonas de reincorporación. Una de las imágenes más reconfortantes de estos tiempos, es verlos trabajando en sus proyectos productivos, dedicando tiempo a sus pequeños hijos y atreviéndose a soñar en un futuro mejor para ellos. 

 

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