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LA JEP NO ES CORTE DE JUSTICIA

RUEDA MARIAPor: María Isabel Rueda 20 de mayo 2018 , 03:09 a.m. Cuando capturaron a Zeuxis Pausias Hernández, alias Santrich, Humberto de la Calle fue el primero en decir que cómo habría quedado de bien construido el acuerdo con las Farc que hasta tenía instrumentos para manejar una crisis como esta. A los pocos días dio un volantín. Según su nueva posición, con la potencial extradición de Santrich “se están tirando la paz”. La detención de Santrich por reincidencia ya no era una muestra de fortaleza del acuerdo, sino que, por el contrario, lo que le pase a un solo individuo es capaz de dar al traste con los resultados de cinco años de negociaciones. Es decir, un proceso tan frágil, tan frágil, que la reincidencia de uno de sus cabecillas es capaz de “tirárselo”. La propia Iglesia, que ora por la igualdad del ser humano, cometió la desigualdad de alojar a Santrich entre sus sábanas de manera exclusiva, que no se extiende a ningún otro presidiario del país. Conocida la noticia de este acto discriminatorio de caridad, yo sí me preguntaba cuál iba a ser el valiente coronel de nuestro Ejército que iría a esta sede de la Conferencia Episcopal a golpear la aldaba y a pedirle a la sotana que abra la puerta, que le entregue a Zeuxis Pausias para extraditarlo a los EE. UU. Ese coronel ya puede respirar tranquilo. La JEP encontró la salida. O, mejor dicho, se la inventó, porque no tiene facultad para ello, con lo cual se salta el artículo 6 de la Constitución, que dice que los funcionarios públicos solo pueden hacer aquello para lo cual estén expresamente autorizados por la Constitución y la ley. Y en ninguna parte dice que la JEP puede suspender una extradición. Ah, perdón. Sí hay un artículo en el que aparece esa autorización. En el 134 de un reglamento interno que los magistrados de la JEP crearon a la medida de Santrich, contrariando la orden constitucional de que la JEP no puede dictarse sus propias reglas de competencia. ¿Por qué? Porque ningún juez puede decretarse su propia ley en un régimen democrático. En lo administrativo, el primer asalto de la JEP fue por la marmaja. Se dedicaron a pelear por las oficinas y los contratos. Y en lo judicial, acabamos de ser testigos de su primer asalto: aquel con el que pretenden soltar a Santrich. Si se suspende el motivo por el cual está detenido, que es extraditarlo, pues la detención ordenada para tal efecto, por unidad de materia judicial, queda igualmente suspendida. Cómo será de absurda la decisión de la JEP que, aunque está suspendido el proceso de extradición, no ocurre lo mismo con los términos que tienen los EE. UU. para presentar su solicitud, que siguen corriendo. Y más divertido todavía. La JEP le solicita a la Fiscalía remitirle todos los documentos relacionados con el trámite de extradición de Zeuxis Pausias. La Fiscalía tuvo que responderle que como el proceso de extradición se inicia con el pedido formal del extraditable por cuenta de EE. UU., y ello no ha ocurrido, “no existen los documentos del referido trámite de extradición”. A estas alturas, podemos resumir la embarrada de la JEP de la siguiente manera: — Pide suspender un proceso que no se ha iniciado. —La JEP no puede dictarse por sí, y ante sí, normas de competencia o de procedimiento. —La decisión sobre los procedimientos legales de la JEP es exclusivamente del Congreso. —La JEP no solo está usurpando esa función, sino que se apoya para ello en unos protocolos de procedimiento que se autoconfirió. —Según el Acto Legislativo 1 de 1997, las normas que rigen la extradición tienen que ser de tipo legal. La JEP acaba de modificarlas con un protocolo auto-atribuido. —La facultad asignada a la JEP de darse su propio reglamento interno categóricamente excluye que se autoestipule normas procedimentales. Este golpe de Estado de la JEP a la Constitución sí nos confirma, por esas características, las fuertes sospechas de la opinión pública de que la JEP no es una corte de justicia, sino una trinchera ideológica. De manera que Santrich, como lo pinta Beto Barreto en su genial caricatura del viernes pasado en EL TIEMPO, ya puede romper su huelga de hambre: “¿De verdad la JEP hizo ese favor por mí? ¡Que me traigan una bandeja paisa!”. Entre tanto… Fiscal Luisa Ortega: ¿qué relación tendrán los empresarios barranquilleros que le venden a Maduro comida dañada para los Clap, con que alimenta a su pobres, con la financiación de la campaña Petro? MARÍA ISABEL RUEDA

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FAJARDO UN CANDIDATO MENOS;EL POLO IZQUIERDISTA LO MATÒ

mauricio-vargas

 
13 de mayo 2018 , 03:39 a.m.
 

Hace apenas cinco meses, el exalcalde de Medellín Sergio Fajardo lideraba con cierta comodidad las encuestas de intención de voto con miras a la elección presidencial. A pesar de sus 61 años de edad, y de su desgaste en el cargo de gobernador de Antioquia, donde no le fue tan bien como en la alcaldía, seguía proyectando una imagen joven y fresca de antipolítico incorruptible, fácil de posicionar en un país hastiado de la robadera de la clase política tradicional.

 

Pero su liderazgo en los sondeos duró poco. En cuestión de semanas se vio superado por el radical de izquierda, Gustavo Petro, y el candidato del centroderecha, Iván Duque. En la recta final para la primera vuelta, conserva el tercer lugar por encima de Germán Vargas Lleras, pero tendría que protagonizar un acelerón sin precedentes para meterse en la segunda vuelta. ¿Qué le pasó?

Cuando iba de primero en las encuestas, dije que un problema de Fajardo era que registraba una imagen desfavorable muy baja, algo que no es tan positivo, pues, en medio de una campaña agitada, indica que su liderazgo carece de rasgos fuertes y definidos y que sus propuestas son tan etéreas que a nadie molestan. En política no es bueno ser el candidato chévere que a casi nadie disgusta: gobernar implica tomar decisiones duras y a veces impopulares, y el chévere proyecta la imagen de que no será capaz de asumirlas.

El grueso del respaldo a Fajardo se concentraba en los votantes jóvenes y los de mediana edad, de clase media y de las grandes ciudades, donde es más conocido que en los municipios medianos y pequeños. Se trata de electores afincados en el centro del espectro político. Y ahí nace el gran error de Fajardo: al aliarse con Claudia López, y sobre todo con el Polo Democrático, se posicionó como candidato de izquierda, y eso no es lo que querían los electores centristas que gustaban de él.

Como su movimiento, Compromiso Ciudadano, carece de organización política nacional, Fajardo confió la promoción de su nombre al Polo, que tiene capacidad de movilización en casi todo el país. Fue así como la divulgación de su candidatura en las regiones quedó marcada por las vallas de los candidatos del Polo al Congreso, en las que se leía ‘Fajardo Presidente’. Es seguro que esto ahuyentó a muchos votantes de centro que lo vieron entonces como el candidato de la izquierda polista.

Otra gran falla es que Fajardo asumió que con su imagen fresca, el énfasis de su mensaje en la educación (un objetivo loable pero carente de propuestas concretas en su programa) y su discurso anticorrupción le bastaba. Pero en una campaña larga, cargada de temas complejos como el desarrollo de los acuerdos de La Habana, los impuestos, la crisis de calidad de la salud, el desempleo y el rebrote del homicidio por el alza de los cultivos ilícitos y el renovado poder de las ‘bacrim’, pronto se hizo evidente que el limitado discurso de Fajardo resultaba insuficiente.

Las opciones del exalcalde de Medellín se fueron diluyendo mientras proyectaba una imagen que pasó en pocas semanas de refrescante a nebulosa. Por su asociación con la izquierda del Polo perdió a muchos electores de centro, sin que eso implicase conquistar votos de izquierda, pues estos se fueron donde Petro, con quien un izquierdista se identifica mucho más que con Fajardo. De paso, perdió su bastión natural en Antioquia, su tierra, pues allá eso de la izquierda nunca ha pegado mucho. La realidad es que hoy, en esas montañas, parece grande la ventaja de Iván Duque.

El exalcalde no está perdido, pero reitero que, para pasar a segunda vuelta, tendría que protagonizar un acelerón digno del Ferrari más veloz, en las dos semanas que quedan. Y hasta hoy no se le ven ni la convicción en el discurso ni las propuestas audaces e impactantes que podrían activar semejante arrancón.

MAURICIO VARGAS
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EL COMANDANTE PETROSKY CON LA LUCHA DE CLASES

Tatiana Cabello    

Gustavo Petro es, sin lugar a dudas, un personaje bastante particular. Es la mezcla criolla del Comandante Chávez, aquel que despilfarró la riqueza del País más rico de América, y un clásico dictador soviético… de esos que llevaron a la miseria a una de las naciones más importantes del mundo en nombre de la lucha de clases.

Es además un sujeto que ya tiene preparado su dedo expropiador, aquel súper poder que solo tienen los populistas empedernidos con el que quiere empezar a quitarle las tierras a cuanto propietario legítimo exista. Primero, sentenció a Incauca. Segundo, a Álvaro Uribe. Quién sabe qué persona siga después, pero si llega al poder tengan la seguridad que todos estaremos en la lista.

Y, por si fuera poco, es un personaje que pareciera vivir en un interminable cuento de hadas, donde los recursos son ilimitados y un árbol mágico ubicado en el patio del Palacio de Nariño expide billetes gratis por montón para financiar todas sus fantasías.

El hecho que no haya cumplido las interminables promesas que realizó en su campaña a la Alcaldía de Bogotá no es culpa de su arrogancia, ni de su incapacidad de trabajo en equipo, ni mucho menos porque prometió lo divino y lo humano, sino es responsabilidad de la espantosa oligarquía bogotana que le bloqueó todos los frentes de acción… curiosamente las mismas explicaciones que da el narco-régimen venezolano cuando trata de justificar lo injustificable.

Ahora, en su campaña a la Presidencia está volviendo a prometer el cielo y la tierra, pero, fiel a su estilo, de manera paralela emprende una guerra contra el sector privado con estigmatizaciones injustificadas: los ganaderos son paramilitares, los ingenios azucareros son latifundistas y el sector minero energético es tan dañino que hay acabarlo.

El Comandante Petrosky, sin embargo, tiene todas las credenciales para ejercer como Comandante en Jefe de las Fuerzas Militares: ya tiene la experiencia en combate y conoce perfectamente el funcionamiento de las guerrillas, mejor, de hecho, que cualquier General, dado que vivió esa experiencia en carne propia.

Colombia no puede caer en manos de un populista que motivado por un conjunto de resentimientos personales piensa destruir al sector privado, expandir desproporcionadamente el gasto público y llevar al país a un abismo interminable del que difícilmente nos recuperaríamos.

¡Duque Presidente!

@TataCabello

 

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EL PAIS QUE NOS DEJA SANTOS

José Félix Lafaurie R.

Tumaco: Otra vez en la oscuridad, en medio de su propia noche de abandono y violencia. “Perla del Pacífico” y "Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico", como si la realidad cambiara vestida de oropel. Una ciudad de 200.000 habitantes, sitiada por 23.000 hectáreas de coca del ELN, las “disidencias” farianas, el Cartel del Golfo y otras bandas criminales.

En octubre de 2017, el presidente anunció 6.500 militares y policías para custodiarla “por cielo, mar y tierra”. En enero, el vicepresidente abrazó a los lugareños, ofreció hasta 9.000 efectivos y anunció grandes éxitos en sustitución, como si la realidad cambiara con anuncios. Llegaron 2.000 uniformados, pero, desde entonces, volaron cinco torres y reaparecieron las casas de pique, un absurdo que debería avergonzarnos porque nos coloca, como sociedad, en los límites de la irracionalidad más primitiva.

Catatumbo: emporio cocalero con más de 24.000 hectáreas, gerenciado desde Venezuela y abandonado por el Estado. Asentamiento histórico del ELN, que hoy pelea a muerte con “los pelusos”. El reciente paro armado de estos últimos puso en evidencia la debilidad del Gobierno, a pesar de los anuncios del vicepresidente, de 2.000 efectivos para completar ¡12.000! en la zona. Otra vez la fantasía de que la realidad se transforma con anuncios, abrazos, consejos de seguridad o solamente con soldados.

Chocó: Pobreza y violencia en su capital y en su exuberante zona rural. A una hora de Quibdó, un símbolo de impotencia local e indolencia del Gobierno Nacional. Inmensas dragas y retroexcavadoras -más de 60 según Codechocó- convirtieron al Río Quito en paisaje lunar surrealista, una tragedia ecológica.

El Gobierno, mostrando un afán que ya no tiene, y solo ante la denuncia mediática, en un acto de ingenuidad -¿cinismo?- decretó la “suspensión temporal de todas las actividades mineras” y la policía dinamitó alguna maquinaria, como lo ha hecho antes, pero dejando para enmarcar la sentencia de la Corte Constitucional que reconoció al Río Atrato como sujeto de derechos y le dio seis meses al Gobierno para iniciar la erradicación de la minería ilegal. Otra ilusión muy nuestra. Como si los fallos de la Corte, que los hay para todo, lograrán cambiar la realidad de este país con leyes pero sin legalidad, cuya recuperación es propuesta central de Iván Duque.

Corrupción: Mientras el CNE exoneró a Óscar Iván Zuluaga, las campañas de Santos siguen investigadas y su gerente haciendo piruetas para aislar al jefe. Odebrecht, Reficar, mermelada a chorros para aprobar un Acuerdo contra la voluntad popular, y los carteles de todo, desde los pañales y la comida de los niños, hasta la majestad de la justicia convertida  en mercancía.

Narcotráfico: mal de males y combustible de violencias. Santos recibió el país con 46 mil hectáreas y, doblegado por las Farc, lo entrega con 200.000, negocia con ellas la política antidrogas y nos deja el microtráfico como fuente de violencia urbana y amenaza para nuestros niños y jóvenes. Ayer nomás, llovían insultos a quienes cuestionábamos la dosis mínima; hoy, frente al desastre, el Fiscal denuncia el fracaso de la política, la desaparición del Consejo Nacional de Estupefacientes, mientras reclama mano dura y revisar la falacia del desmonte de la fumigación. El Congreso, por su parte, ahíto de mermelada, decide revisar la dosis mínima.

Y mientras tanto, ¿dónde está el piloto?  En gira europea de despedida,  haciendo anuncios de negociación con el ELN, muy del gusto europeo; dando y recibiendo honores, como si las medallas cambiaran la realidad de Tumaco, Catatumbo y el Chocó, y del país ahogado en corrupción y narcotráfico.

¡Este es el país que nos deja!

 

 

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POR QUÈ DUQUE PRESIDENTE

 
 
 

Vivimos hoy situaciones que tal vez no habíamos conocido antes. En primer lugar, el inmenso vacío político y la falta de liderazgo de los llamados a ejercer esa tarea no permiten trazar la hoja de ruta que el país espera. Luego, porque el Gobierno y el Congreso decidieron implementar y ejecutar el acuerdo negociado con las Farc, a pesar de que fue desaprobado popularmente. También, porque de un periodo de relativa bonanza pasamos a otro de desaceleración económica. A esto hay que agregar que las graves fallas del ordenamiento electoral incrementan la ilegitimidad del sistema político, mientras que la corrupción contaminó las tres ramas del poder público y llegó a extremos tan impensables como el del ‘cartel de la toga’.

 

Además del manejo cuestionable de las chequeras de la paz para los proyectos de desarrollo social y el funcionamiento de la JEP, hecho que compromete los aportes de la comunidad internacional, porque los contratos celebrados con cargo a estos recursos, según la Fiscalía, han generado beneficios indebidos a red de intermediarios, por lo que el acuerdo de La Habana pasa por una nueva prueba ácida, no por los ataques de la oposición, sino por la ‘mermelada’ que reparte.

Hay, por lo tanto, generalizado clima de insatisfacción e indignación ciudadanas de consecuencias electorales que nadie puede anticipar válidamente. Hoy, tras las elecciones parlamentarias que tuvieron ingrediente nuevo –dos consultas, que sumaron casi 9 millones de votos–, el panorama político se concentra en media docena de aspirantes a la presidencia, con dos de ellos, Iván Duque y Gustavo Petro, claramente distanciados de sus competidores, al menos a la luz de las encuestas de las últimas semanas.

Aunque aún todo es posible en las pocas semanas que faltan para los comicios, es muy probable que primera y segunda vueltas (si hay lugar a esta última) se definirán entre ellos dos. Tanto Duque como Petro tienen perfiles y características que no coinciden con los parámetros que tradicionalmente han conducido a la presidencia. Son outsiders. Pero lo más importante es que representan dos modelos opuestos de sociedad. Gustavo Petro, a quien muchos consideran de izquierda, tal vez por su pasado en el M-19, encarna el populismo asistencialista, antisistema y antiestablecimiento con todas sus consecuencias, que conocimos durante la pésima administración que presidió en Bogotá.

Con razón se ha dicho que Petro hizo más daño como alcalde que como guerrillero. Si bien hemos sido tierra estéril para el populismo, nada peor que apostarle a esa opción en un momento definitivo para nuestra institucionalidad. No podemos caer en el coletazo del populismo que se aplicó o está aplicando en otras partes con resultado conocido: agravó los problemas que denunció para llegar al poder y retenerlo, en vez de solucionarlos.

‘Es el que es’, reza el eslogan de la campaña Duque. Nada más exacto porque, en palabras de Hernando Gómez Buendía, es “la encarnación del centro centro, la cara nueva, la persona joven, el estilo amable, que tiene futuro, porque no tiene pasado, ni escándalos a cuestas”. Duque no solo “es el que es”, sino que además Sí es liderazgo, seguridad, desarrollo, empleo, educación, salud, conectividad y cultura. Además, representa al 75 % del país que está por debajo de los 45 años. Es parte de los jóvenes que merecen la oportunidad de reconciliar a los colombianos para devolverle a la nación la esperanza en un futuro mejor y la confianza en sus instituciones democráticas.

Podemos y debemos superar la confusión e incertidumbre reinantes si entendemos que entre las dos opciones aquí resumidas hay grandes diferencias en cuanto a su contenido, alcances y consecuencias, y si sabemos escoger la que más le conviene a Colombia.

JAIME CASTRO
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