Martes 16 de Enero de 2018
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POR LAS FAMILIAS SIEMPRE

Rafael Gómez M.       

Por estos días de comienzo de año, la Homilía en la Iglesia Católica fue consagrada a la familia de Nazareth, quien ratifica que Dios en las condiciones naturales del género humano se manifiesta en formas de una familia legal, natural y bendecida.

Tal vez, la institución más importante y relevante que ha existido desde siempre ha sido la de la familia. En el caso de la Iglesia Católica, ésta se expresa por medio de los ancianos Simeón y Ana, quienes tienen en su hijo un proyecto grandioso y misericordioso, quien fijará más adelante la frontera entre la gracia y el pecado, quien descubrirá la actitud de muchos corazones, haciendo brillar la justicia para todos.

La reconstrucción de Europa post segunda guerra mundial se dio por cuenta de las familias. El nacimiento de las grandes empresas, tanto norteamericanas como europeas, tuvo su origen en las familias que sobrevivieron a la masacre del nazismo.

A su vez, Colombia viene desde el siglo pasado debatiéndose dentro de una crisis institucional, moral y política de inusitados caracteres. Nos han querido imponer desde comienzos del Socialismo Bolivariano del siglo XXI la orientación de un estado doctrinal de izquierda, comunista, socialista, que solamente busca la destrucción de todo lo construido con el fin de llegar al poder.

Una vez terminada la segunda guerra mundial, en Colombia casi todas las empresas tuvieron su origen en la familia. Desde entonces, apareció en la vida de nuestro país el fenómeno conocido como de La violencia, dirigida por unos caudillos fanáticos, seducidos por el experimento ruso y el auge de una escuela materialista que pretendía a través del hecho económico sumado a la descarnada realidad demoler las bases de una sociedad tradicionalmente católica, conservadora, ferviente devota del Sagrado Corazón de Jesús. Mientras Colombia se encontró bajo los mantos del Sagrado Corazón de Jesús, sus familias vivieron en paz.

Cuando las masas del Partido Liberal se radicalizaron lanzándose a la subversión bajo la influencia del comunismo soviético post segunda guerra mundial, su ardentía adquirió entonces un verdadero dramatismo para producir un estado latente de guerra civil no declarada que aún persiste hasta nuestros días, con algunas diferencias en sus matices.

Por cuenta de esta guerra civil no declarada, miles de familias víctimas de la violencia de las Farc, ELN y demás grupos fueron divididas en contra de su voluntad. Miles de niños y niñas se perdieron en esas filas. Miles de partisanos cayeron bajo el régimen de La violencia.

Cuántas familias no fueron víctimas de un conflicto armado a las cuales el proceso de paz de La Habana y los Acuerdos del Colón no les reconoce ni un ápice.

Por lo anterior, considero fundamental que entrando a un año electoral como lo será el 2018, los candidatos presidenciales le exijan a la guerrilla de las Farc y del Eln un pronunciamiento formal de perdón por las víctimas, las verdaderas víctimas de este conflicto armado que son y serán las familias colombianas.

Puntilla: Comienza bien el año 2018 para JMS, en reversa. ¿El salario mínimo por encima de la inflación?

@RaGomezMar

 

 

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SU CANDIDATO

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EN COLOMBIA UN ESTADO DE CAOS

José G. Hernández                                     

Como hemos venido diciendo, el orden jurídico colombiano se ha convertido en un inmenso caos. Ya no podemos hablar de un Estado de Derecho. Las que ahora se imponen son las vías de hecho. Predomina lo fáctico sobre lo normativo. La separación de funciones, la independencia y el equilibrio entre las ramas y órganos del poder público han desaparecido.

Dirán mis amables lectores que estas expresiones son apocalípticas y exageradas. Pero la realidad nos está mostrando que no es así. Basta ver cómo una juez de circuito, ni siquiera mediante sentencia sino por auto, ha ordenado que se promulgue y ponga en vigor un proyecto de acto legislativo que no fue aprobado en el Congreso. Ella, por sí y ante sí, con notorio exceso en el ejercicio de sus funciones judiciales, ha establecido una nueva figura no prevista en la Constitución: la reforma constitucional mediante auto y por vía de tutela.

Lo que ha ocurrido en este caso es muy grave. Se ha desencajado por completo el orden jurídico, y una funcionaria judicial –ni siquiera un tribunal o una alta corporación (el mismo día el Tribunal Administrativo de Cundinamarca decidió en sentido contrario sobre el mismo caso)- ha pasado por encima de sus atribuciones; sin haber oído siquiera al Presidente del Congreso, y sin haber efectuado el estudio de fondo sobre la demanda de tutela incoada; sin valorar prueba alguna; sin el más mínimo examen acerca de posibles violaciones de derechos fundamentales, y desconociendo las reglas previstas en los artículos 86 y 375 de la Constitución, en una evidente vía de hecho, se ha atrevido a imponer a los colombianos, sin jurisdicción ni competencia para ello, nada menos que una  reforma constitucional.

La Carta Política colombiana ha pasado, de ser una constitución rígida que instaura y garantiza el sistema de frenos y contrapesos propio de la democracia, a convertirse en un juguete en manos de cualquier funcionario menor.

Ha debido ser al contrario: la obligación de los jueces consiste ante todo en preservar y hacer cumplir la Constitución; no en reformarla. El artículo 4 de la Constitución señala que ella es norma de normas (principio de supremacía o supralegalidad de la Constitución) y agrega que “en todo caso de incompatibilidad entre la Constitución y la ley u otra norma jurídica (por ejemplo el artículo 7 del Decreto 2591 de 1991, que autoriza, con carácter excepcional, las medidas cautelares en materia de tutela) , se aplicarán las disposiciones constitucionales”, en este caso las que reservan para el Congreso la competencia para reformar el Estatuto Fundamental.

Lo anticipamos este lunes en columna radial, antes del despropósito, y así ha ocurrido:

“Colombia es un Estado democrático de Derecho. Consagra la separación de funciones y la independencia del Congreso. Es él -el Congreso- quien tiene a cargo la función denominada “poder de reforma”, es decir, la competencia para modificar la Constitución. Esa competencia no la tienen el Presidente de la República, ni los jueces.(…)

Pero como la Constitución no importa y lo que vale es la presión política, seguramente promulgarán el Acto Legislativo a la brava, o con alguna vía de hecho judicial. Nos limitamos a dejar la constancia, para que juzgue la Historia. Aunque lo más grave es el precedente: que se pueda modificar la Constitución de cualquier manera”.

Este no es un Estado de Derecho. Es un Estado de caos.

 

 

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LOS AFANES DE SANTOS SON UN DESASTRE

mauricio-vargas

 
 
 

Catorce meses después de asumir la responsabilidad de pactar un acuerdo para la desmovilización del Eln, un grupo terrorista especialmente complicado, plagado de divisiones y en el que los comandantes dedicados al narcotráfico han cobrado mucha más importancia que los de tradición político-armada, el exministro Juan Camilo Restrepo aseguró que se va porque su ciclo ha terminado y quiere dedicarse a sus asuntos personales.

 
 

Tras indagar con fuentes bien informadas de la mesa de Quito, me queda claro que la razón de la renuncia es que el presidente Juan Manuel Santos quiere avances más rápidos, aun si estos implican ampliar el abanico de concesiones para que el Eln se comprometa a dejar las armas. Esa película ya la vimos en La Habana: durante los dos primeros años de la mesa, la delegación del Gobierno se mantuvo dentro de las líneas rojas iniciales. Pero a medida que Santos se impacientaba, abrió mesas paralelas como la que negoció el capítulo de Justicia (el más desafortunado del Acuerdo Final), y el Gobierno terminó entregando mucho más de lo que debía.

A Restrepo también le montaron mesa paralela: el expresidente Ernesto Samper, el senador del Polo Iván Cepeda y el exministro Álvaro Leyva se colaron en la negociación y empezaron a aceptar aquellas exigencias que Restrepo había rechazado. El Eln obtuvo una gran ganancia a principios de septiembre: el cese del fuego bilateral, un premio que las Farc solo obtuvieron cuando el acuerdo de La Habana estaba cocinado y después de muchos meses de sostener un cese unilateral de sus acciones.

El reiterado incumplimiento de ese cese por el Eln en regiones como Chocó y Nariño no llevó al Gobierno a endurecerse, sino a ofrecer más concesiones. “Y en algún momento –me explicó una de mis fuentes– Restrepo sintió que ya no podía controlar la negociación y que era mejor irse”. Caracol Radio divulgó una carta del periodista Hernando Corral, gran conocedor del Eln y de la negociación, al presidente Santos, que resulta sumamente reveladora.

Además de denunciar una campaña de desprestigio contra Restrepo y su equipo, tras la que pueden estar Samper, Cepeda y Leyva, Corral plantea que, a diferencia de las Farc, el Eln no ha tomado la decisión “de abandonar la lucha armada”. Agrega: “No es una organización con una disciplina vertical, sino (…) federada, y los jefes de frente tienen total autonomía y sus posiciones frente a una negociación de paz son ambiguas y contradictorias”. Y lo más grave: “Es una organización capaz de engañar a muchas personas sobre su verdadera intencionalidad”. Corral los conoce muy bien.

El Presidente se dispone a nombrar una nueva delegación. Los designados deberán tomar nota de que más que negociar están obligados a ceder, a ver si la mesa avanza, sin que importen mucho los costos de esas concesiones ni las violaciones del cese del fuego que siga cometiendo el Eln. La consigna parece ser alcanzar un acuerdo a cualquier precio.

El primer mandatario no aprendió la lección de La Habana: el exceso de concesiones a las Farc llevó al triunfo del No en el plebiscito y a la rebelión de sectores de la bancada gobiernista en el Congreso a la hora de aprobar las leyes que desarrollan los acuerdos. Pero, al menos en este caso, la voluntad del grueso de las Farc de dejar las armas ha sido confirmada por su efectiva desmovilización.

Como dice Corral, el Eln no está decidido y está muy dividido, mientras que el Gobierno luce dispuesto a ceder y ceder: esto implica riesgos gigantescos. No vaya a ser que el Eln aproveche el cese bilateral para copar los principales espacios dejados por las Farc, fortalecerse y convertirse en el grupo que aterrorice al país durante la próxima década. Todo por culpa de los afanes del presidente Santos.

MAURICIO VARGAS
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09 de diciembre 2017 , 11:30 p.m.
 

Catorce meses después de asumir la responsabilidad de pactar un acuerdo para la desmovilización del Eln, un grupo terrorista especialmente complicado, plagado de divisiones y en el que los comandantes dedicados al narcotráfico han cobrado mucha más importancia que los de tradición político-armada, el exministro Juan Camilo Restrepo aseguró que se va porque su ciclo ha terminado y quiere dedicarse a sus asuntos personales.

 
 

Tras indagar con fuentes bien informadas de la mesa de Quito, me queda claro que la razón de la renuncia es que el presidente Juan Manuel Santos quiere avances más rápidos, aun si estos implican ampliar el abanico de concesiones para que el Eln se comprometa a dejar las armas. Esa película ya la vimos en La Habana: durante los dos primeros años de la mesa, la delegación del Gobierno se mantuvo dentro de las líneas rojas iniciales. Pero a medida que Santos se impacientaba, abrió mesas paralelas como la que negoció el capítulo de Justicia (el más desafortunado del Acuerdo Final), y el Gobierno terminó entregando mucho más de lo que debía.

A Restrepo también le montaron mesa paralela: el expresidente Ernesto Samper, el senador del Polo Iván Cepeda y el exministro Álvaro Leyva se colaron en la negociación y empezaron a aceptar aquellas exigencias que Restrepo había rechazado. El Eln obtuvo una gran ganancia a principios de septiembre: el cese del fuego bilateral, un premio que las Farc solo obtuvieron cuando el acuerdo de La Habana estaba cocinado y después de muchos meses de sostener un cese unilateral de sus acciones.

El reiterado incumplimiento de ese cese por el Eln en regiones como Chocó y Nariño no llevó al Gobierno a endurecerse, sino a ofrecer más concesiones. “Y en algún momento –me explicó una de mis fuentes– Restrepo sintió que ya no podía controlar la negociación y que era mejor irse”. Caracol Radio divulgó una carta del periodista Hernando Corral, gran conocedor del Eln y de la negociación, al presidente Santos, que resulta sumamente reveladora.

Además de denunciar una campaña de desprestigio contra Restrepo y su equipo, tras la que pueden estar Samper, Cepeda y Leyva, Corral plantea que, a diferencia de las Farc, el Eln no ha tomado la decisión “de abandonar la lucha armada”. Agrega: “No es una organización con una disciplina vertical, sino (…) federada, y los jefes de frente tienen total autonomía y sus posiciones frente a una negociación de paz son ambiguas y contradictorias”. Y lo más grave: “Es una organización capaz de engañar a muchas personas sobre su verdadera intencionalidad”. Corral los conoce muy bien.

El Presidente se dispone a nombrar una nueva delegación. Los designados deberán tomar nota de que más que negociar están obligados a ceder, a ver si la mesa avanza, sin que importen mucho los costos de esas concesiones ni las violaciones del cese del fuego que siga cometiendo el Eln. La consigna parece ser alcanzar un acuerdo a cualquier precio.

El primer mandatario no aprendió la lección de La Habana: el exceso de concesiones a las Farc llevó al triunfo del No en el plebiscito y a la rebelión de sectores de la bancada gobiernista en el Congreso a la hora de aprobar las leyes que desarrollan los acuerdos. Pero, al menos en este caso, la voluntad del grueso de las Farc de dejar las armas ha sido confirmada por su efectiva desmovilización.

Como dice Corral, el Eln no está decidido y está muy dividido, mientras que el Gobierno luce dispuesto a ceder y ceder: esto implica riesgos gigantescos. No vaya a ser que el Eln aproveche el cese bilateral para copar los principales espacios dejados por las Farc, fortalecerse y convertirse en el grupo que aterrorice al país durante la próxima década. Todo por culpa de los afanes del presidente Santos.

MAURICIO VARGAS
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09 de diciembre 2017 , 11:30 p.m.
 

Catorce meses después de asumir la responsabilidad de pactar un acuerdo para la desmovilización del Eln, un grupo terrorista especialmente complicado, plagado de divisiones y en el que los comandantes dedicados al narcotráfico han cobrado mucha más importancia que los de tradición político-armada, el exministro Juan Camilo Restrepo aseguró que se va porque su ciclo ha terminado y quiere dedicarse a sus asuntos personales.

 
 

Tras indagar con fuentes bien informadas de la mesa de Quito, me queda claro que la razón de la renuncia es que el presidente Juan Manuel Santos quiere avances más rápidos, aun si estos implican ampliar el abanico de concesiones para que el Eln se comprometa a dejar las armas. Esa película ya la vimos en La Habana: durante los dos primeros años de la mesa, la delegación del Gobierno se mantuvo dentro de las líneas rojas iniciales. Pero a medida que Santos se impacientaba, abrió mesas paralelas como la que negoció el capítulo de Justicia (el más desafortunado del Acuerdo Final), y el Gobierno terminó entregando mucho más de lo que debía.

A Restrepo también le montaron mesa paralela: el expresidente Ernesto Samper, el senador del Polo Iván Cepeda y el exministro Álvaro Leyva se colaron en la negociación y empezaron a aceptar aquellas exigencias que Restrepo había rechazado. El Eln obtuvo una gran ganancia a principios de septiembre: el cese del fuego bilateral, un premio que las Farc solo obtuvieron cuando el acuerdo de La Habana estaba cocinado y después de muchos meses de sostener un cese unilateral de sus acciones.

El reiterado incumplimiento de ese cese por el Eln en regiones como Chocó y Nariño no llevó al Gobierno a endurecerse, sino a ofrecer más concesiones. “Y en algún momento –me explicó una de mis fuentes– Restrepo sintió que ya no podía controlar la negociación y que era mejor irse”. Caracol Radio divulgó una carta del periodista Hernando Corral, gran conocedor del Eln y de la negociación, al presidente Santos, que resulta sumamente reveladora.

Además de denunciar una campaña de desprestigio contra Restrepo y su equipo, tras la que pueden estar Samper, Cepeda y Leyva, Corral plantea que, a diferencia de las Farc, el Eln no ha tomado la decisión “de abandonar la lucha armada”. Agrega: “No es una organización con una disciplina vertical, sino (…) federada, y los jefes de frente tienen total autonomía y sus posiciones frente a una negociación de paz son ambiguas y contradictorias”. Y lo más grave: “Es una organización capaz de engañar a muchas personas sobre su verdadera intencionalidad”. Corral los conoce muy bien.

El Presidente se dispone a nombrar una nueva delegación. Los designados deberán tomar nota de que más que negociar están obligados a ceder, a ver si la mesa avanza, sin que importen mucho los costos de esas concesiones ni las violaciones del cese del fuego que siga cometiendo el Eln. La consigna parece ser alcanzar un acuerdo a cualquier precio.

El primer mandatario no aprendió la lección de La Habana: el exceso de concesiones a las Farc llevó al triunfo del No en el plebiscito y a la rebelión de sectores de la bancada gobiernista en el Congreso a la hora de aprobar las leyes que desarrollan los acuerdos. Pero, al menos en este caso, la voluntad del grueso de las Farc de dejar las armas ha sido confirmada por su efectiva desmovilización.

Como dice Corral, el Eln no está decidido y está muy dividido, mientras que el Gobierno luce dispuesto a ceder y ceder: esto implica riesgos gigantescos. No vaya a ser que el Eln aproveche el cese bilateral para copar los principales espacios dejados por las Farc, fortalecerse y convertirse en el grupo que aterrorice al país durante la próxima década. Todo por culpa de los afanes del presidente Santos.

MAURICIO VARGAS
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09 de diciembre 2017 , 11:30 p.m.
 

Catorce meses después de asumir la responsabilidad de pactar un acuerdo para la desmovilización del Eln, un grupo terrorista especialmente complicado, plagado de divisiones y en el que los comandantes dedicados al narcotráfico han cobrado mucha más importancia que los de tradición político-armada, el exministro Juan Camilo Restrepo aseguró que se va porque su ciclo ha terminado y quiere dedicarse a sus asuntos personales.

 
 

Tras indagar con fuentes bien informadas de la mesa de Quito, me queda claro que la razón de la renuncia es que el presidente Juan Manuel Santos quiere avances más rápidos, aun si estos implican ampliar el abanico de concesiones para que el Eln se comprometa a dejar las armas. Esa película ya la vimos en La Habana: durante los dos primeros años de la mesa, la delegación del Gobierno se mantuvo dentro de las líneas rojas iniciales. Pero a medida que Santos se impacientaba, abrió mesas paralelas como la que negoció el capítulo de Justicia (el más desafortunado del Acuerdo Final), y el Gobierno terminó entregando mucho más de lo que debía.

A Restrepo también le montaron mesa paralela: el expresidente Ernesto Samper, el senador del Polo Iván Cepeda y el exministro Álvaro Leyva se colaron en la negociación y empezaron a aceptar aquellas exigencias que Restrepo había rechazado. El Eln obtuvo una gran ganancia a principios de septiembre: el cese del fuego bilateral, un premio que las Farc solo obtuvieron cuando el acuerdo de La Habana estaba cocinado y después de muchos meses de sostener un cese unilateral de sus acciones.

El reiterado incumplimiento de ese cese por el Eln en regiones como Chocó y Nariño no llevó al Gobierno a endurecerse, sino a ofrecer más concesiones. “Y en algún momento –me explicó una de mis fuentes– Restrepo sintió que ya no podía controlar la negociación y que era mejor irse”. Caracol Radio divulgó una carta del periodista Hernando Corral, gran conocedor del Eln y de la negociación, al presidente Santos, que resulta sumamente reveladora.

Además de denunciar una campaña de desprestigio contra Restrepo y su equipo, tras la que pueden estar Samper, Cepeda y Leyva, Corral plantea que, a diferencia de las Farc, el Eln no ha tomado la decisión “de abandonar la lucha armada”. Agrega: “No es una organización con una disciplina vertical, sino (…) federada, y los jefes de frente tienen total autonomía y sus posiciones frente a una negociación de paz son ambiguas y contradictorias”. Y lo más grave: “Es una organización capaz de engañar a muchas personas sobre su verdadera intencionalidad”. Corral los conoce muy bien.

El Presidente se dispone a nombrar una nueva delegación. Los designados deberán tomar nota de que más que negociar están obligados a ceder, a ver si la mesa avanza, sin que importen mucho los costos de esas concesiones ni las violaciones del cese del fuego que siga cometiendo el Eln. La consigna parece ser alcanzar un acuerdo a cualquier precio.

El primer mandatario no aprendió la lección de La Habana: el exceso de concesiones a las Farc llevó al triunfo del No en el plebiscito y a la rebelión de sectores de la bancada gobiernista en el Congreso a la hora de aprobar las leyes que desarrollan los acuerdos. Pero, al menos en este caso, la voluntad del grueso de las Farc de dejar las armas ha sido confirmada por su efectiva desmovilización.

Como dice Corral, el Eln no está decidido y está muy dividido, mientras que el Gobierno luce dispuesto a ceder y ceder: esto implica riesgos gigantescos. No vaya a ser que el Eln aproveche el cese bilateral para copar los principales espacios dejados por las Farc, fortalecerse y convertirse en el grupo que aterrorice al país durante la próxima década. Todo por culpa de los afanes del presidente Santos.

MAURICIO VARGAS
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NO ES LA ARITMETICA SINO EL CONEJAZO

Juan Lozano                                        

Bochornoso debate sobre medios votos y votos a medias.

Para resucitarlas por la puerta de atrás, dicen que lo de las 16 curules es un problema de simple aritmética. Pero no. Es un complejo fenómeno político y multicausal el que condujo al bochornoso espectáculo que estamos presenciando tras la última plenaria del Congreso en la que nadie quedó bien parado.

No es la aritmética la que permitió que votaran 2 senadores cuando ya el término de ley había expirado.
No es la aritmética la que permitió que los votos 49 y 50 se depositaran de manera irreglamentaria, fuera de tiempo.
No es la aritmética la que hace nulos los votos 49 y 50.
No es la aritmética la que confió en que los ministros podrían embadurnar de ‘mermelada’ a los congresistas mañosos para que votaran a favor de la conciliación. 
No es la aritmética la que generó que ya ni los congresistas les crean a los ministros de la ‘mermelada’.
No es la aritmética la que consagró la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que impidió que la tropa de ministros y asesores del Gobierno llegaran a la sesión con claridad sobre la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que señala que las normas sobre silla vacía pueden cambiar el ‘quorum’ para sesionar y decidir, pero no cambian las mayorías y el número de votos exigidos en normas de superior jerarquía para que un determinado proyecto pueda ser aprobado. 
No es la aritmética la que toleró que se abriera una votación ilegal e inconstitucional de una conciliación que ya había sido negada. 
No es la aritmética la que erosionó las mayorías de la Unidad Nacional en el Congreso.
No es la aritmética la que empuja senadores fuera del recinto.
No es la aritmética la responsable de la pérdida de confianza.
No es la aritmética la que hizo que se esfumara el poder persuasivo de los desayunos en Palacio.
No. No es la aritmética. Es que después de casi ocho años de mayorías parlamentarias compradas para que muchos padres y madres de la patria mordieran recursos sagrados de todos los colombianos, los negociadores de los acuerdos de paz del teatro Colón, después de la derrota en el plebiscito, creyeron equivocadamente que todo lo que dispusieran entre los desprestigiados agentes del Gobierno y la guerrilla, sería pupitreado por el Congreso.
No es la aritmética. Al fin de cuentas, muchos integrantes de tales mayorías ya habían vendido sus votos para clavarles sucesivamente, y sin misericordia, a los colombianos unas reformas tributarias que hoy tienen casi paralizada nuestra economía colombiana y los mismos ya habían anunciado su disposición de usurpar del pueblo su carácter de constituyente primario, haciéndole juego al Gobierno para sustraerse de su compromiso de dejar en cabeza de la ciudadanía la última palabra sobre los acuerdos de paz.
Y no será, tampoco, la aritmética la que finalmente tenga en cuenta el presidente del Congreso a la hora de decidir si viola la Constitución y envía a Palacio como aprobado lo que fue negado o si, obediente, en vísperas de elecciones, le hace caso al ministro Rivera aun a riesgo de su propia integridad jurídica.
Lo triste es que la idea inspiradora de esta reforma no parece descabellada. Que en regiones donde el Estado ha brillado por su ausencia, las víctimas del conflicto puedan tener una representación especial es un propósito noble. Por eso habría que retomarlo con serenidad en la próxima legislatura, y con el trámite ordinario corregir el engendro que estaban montando que dejaba en manos de grupos criminales la presión en esas circunscripciones y diseñarlo bien, así la elección se efectúe en fechas distintas que las del resto del Congreso.
Si así se procede, no será, tampoco, la aritmética la que defina el mejor camino. Que no nos vengan con cuentos sobre las cuentas ni con historietas fantásticas sobre medios votos y votos a medias.

Juan Lozano                                        

Bochornoso debate sobre medios votos y votos a medias.

Para resucitarlas por la puerta de atrás, dicen que lo de las 16 curules es un problema de simple aritmética. Pero no. Es un complejo fenómeno político y multicausal el que condujo al bochornoso espectáculo que estamos presenciando tras la última plenaria del Congreso en la que nadie quedó bien parado.

No es la aritmética la que permitió que votaran 2 senadores cuando ya el término de ley había expirado.
No es la aritmética la que permitió que los votos 49 y 50 se depositaran de manera irreglamentaria, fuera de tiempo.
No es la aritmética la que hace nulos los votos 49 y 50.
No es la aritmética la que confió en que los ministros podrían embadurnar de ‘mermelada’ a los congresistas mañosos para que votaran a favor de la conciliación. 
No es la aritmética la que generó que ya ni los congresistas les crean a los ministros de la ‘mermelada’.
No es la aritmética la que consagró la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que impidió que la tropa de ministros y asesores del Gobierno llegaran a la sesión con claridad sobre la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que señala que las normas sobre silla vacía pueden cambiar el ‘quorum’ para sesionar y decidir, pero no cambian las mayorías y el número de votos exigidos en normas de superior jerarquía para que un determinado proyecto pueda ser aprobado. 
No es la aritmética la que toleró que se abriera una votación ilegal e inconstitucional de una conciliación que ya había sido negada. 
No es la aritmética la que erosionó las mayorías de la Unidad Nacional en el Congreso.
No es la aritmética la que empuja senadores fuera del recinto.
No es la aritmética la responsable de la pérdida de confianza.
No es la aritmética la que hizo que se esfumara el poder persuasivo de los desayunos en Palacio.
No. No es la aritmética. Es que después de casi ocho años de mayorías parlamentarias compradas para que muchos padres y madres de la patria mordieran recursos sagrados de todos los colombianos, los negociadores de los acuerdos de paz del teatro Colón, después de la derrota en el plebiscito, creyeron equivocadamente que todo lo que dispusieran entre los desprestigiados agentes del Gobierno y la guerrilla, sería pupitreado por el Congreso.
No es la aritmética. Al fin de cuentas, muchos integrantes de tales mayorías ya habían vendido sus votos para clavarles sucesivamente, y sin misericordia, a los colombianos unas reformas tributarias que hoy tienen casi paralizada nuestra economía colombiana y los mismos ya habían anunciado su disposición de usurpar del pueblo su carácter de constituyente primario, haciéndole juego al Gobierno para sustraerse de su compromiso de dejar en cabeza de la ciudadanía la última palabra sobre los acuerdos de paz.
Y no será, tampoco, la aritmética la que finalmente tenga en cuenta el presidente del Congreso a la hora de decidir si viola la Constitución y envía a Palacio como aprobado lo que fue negado o si, obediente, en vísperas de elecciones, le hace caso al ministro Rivera aun a riesgo de su propia integridad jurídica.
Lo triste es que la idea inspiradora de esta reforma no parece descabellada. Que en regiones donde el Estado ha brillado por su ausencia, las víctimas del conflicto puedan tener una representación especial es un propósito noble. Por eso habría que retomarlo con serenidad en la próxima legislatura, y con el trámite ordinario corregir el engendro que estaban montando que dejaba en manos de grupos criminales la presión en esas circunscripciones y diseñarlo bien, así la elección se efectúe en fechas distintas que las del resto del Congreso.
Si así se procede, no será, tampoco, la aritmética la que defina el mejor camino. Que no nos vengan con cuentos sobre las cuentas ni con historietas fantásticas sobre medios votos y votos a medias.

Juan Lozano                                        

Bochornoso debate sobre medios votos y votos a medias.

Para resucitarlas por la puerta de atrás, dicen que lo de las 16 curules es un problema de simple aritmética. Pero no. Es un complejo fenómeno político y multicausal el que condujo al bochornoso espectáculo que estamos presenciando tras la última plenaria del Congreso en la que nadie quedó bien parado.

No es la aritmética la que permitió que votaran 2 senadores cuando ya el término de ley había expirado.
No es la aritmética la que permitió que los votos 49 y 50 se depositaran de manera irreglamentaria, fuera de tiempo.
No es la aritmética la que hace nulos los votos 49 y 50.
No es la aritmética la que confió en que los ministros podrían embadurnar de ‘mermelada’ a los congresistas mañosos para que votaran a favor de la conciliación. 
No es la aritmética la que generó que ya ni los congresistas les crean a los ministros de la ‘mermelada’.
No es la aritmética la que consagró la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que impidió que la tropa de ministros y asesores del Gobierno llegaran a la sesión con claridad sobre la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que señala que las normas sobre silla vacía pueden cambiar el ‘quorum’ para sesionar y decidir, pero no cambian las mayorías y el número de votos exigidos en normas de superior jerarquía para que un determinado proyecto pueda ser aprobado. 
No es la aritmética la que toleró que se abriera una votación ilegal e inconstitucional de una conciliación que ya había sido negada. 
No es la aritmética la que erosionó las mayorías de la Unidad Nacional en el Congreso.
No es la aritmética la que empuja senadores fuera del recinto.
No es la aritmética la responsable de la pérdida de confianza.
No es la aritmética la que hizo que se esfumara el poder persuasivo de los desayunos en Palacio.
No. No es la aritmética. Es que después de casi ocho años de mayorías parlamentarias compradas para que muchos padres y madres de la patria mordieran recursos sagrados de todos los colombianos, los negociadores de los acuerdos de paz del teatro Colón, después de la derrota en el plebiscito, creyeron equivocadamente que todo lo que dispusieran entre los desprestigiados agentes del Gobierno y la guerrilla, sería pupitreado por el Congreso.
No es la aritmética. Al fin de cuentas, muchos integrantes de tales mayorías ya habían vendido sus votos para clavarles sucesivamente, y sin misericordia, a los colombianos unas reformas tributarias que hoy tienen casi paralizada nuestra economía colombiana y los mismos ya habían anunciado su disposición de usurpar del pueblo su carácter de constituyente primario, haciéndole juego al Gobierno para sustraerse de su compromiso de dejar en cabeza de la ciudadanía la última palabra sobre los acuerdos de paz.
Y no será, tampoco, la aritmética la que finalmente tenga en cuenta el presidente del Congreso a la hora de decidir si viola la Constitución y envía a Palacio como aprobado lo que fue negado o si, obediente, en vísperas de elecciones, le hace caso al ministro Rivera aun a riesgo de su propia integridad jurídica.
Lo triste es que la idea inspiradora de esta reforma no parece descabellada. Que en regiones donde el Estado ha brillado por su ausencia, las víctimas del conflicto puedan tener una representación especial es un propósito noble. Por eso habría que retomarlo con serenidad en la próxima legislatura, y con el trámite ordinario corregir el engendro que estaban montando que dejaba en manos de grupos criminales la presión en esas circunscripciones y diseñarlo bien, así la elección se efectúe en fechas distintas que las del resto del Congreso.
Si así se procede, no será, tampoco, la aritmética la que defina el mejor camino. Que no nos vengan con cuentos sobre las cuentas ni con historietas fantásticas sobre medios votos y votos a medias.

Juan Lozano                                        

Bochornoso debate sobre medios votos y votos a medias.

Para resucitarlas por la puerta de atrás, dicen que lo de las 16 curules es un problema de simple aritmética. Pero no. Es un complejo fenómeno político y multicausal el que condujo al bochornoso espectáculo que estamos presenciando tras la última plenaria del Congreso en la que nadie quedó bien parado.

No es la aritmética la que permitió que votaran 2 senadores cuando ya el término de ley había expirado.
No es la aritmética la que permitió que los votos 49 y 50 se depositaran de manera irreglamentaria, fuera de tiempo.
No es la aritmética la que hace nulos los votos 49 y 50.
No es la aritmética la que confió en que los ministros podrían embadurnar de ‘mermelada’ a los congresistas mañosos para que votaran a favor de la conciliación. 
No es la aritmética la que generó que ya ni los congresistas les crean a los ministros de la ‘mermelada’.
No es la aritmética la que consagró la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que impidió que la tropa de ministros y asesores del Gobierno llegaran a la sesión con claridad sobre la diferencia entre ‘quorum’ y mayorías.
No es la aritmética la que señala que las normas sobre silla vacía pueden cambiar el ‘quorum’ para sesionar y decidir, pero no cambian las mayorías y el número de votos exigidos en normas de superior jerarquía para que un determinado proyecto pueda ser aprobado. 
No es la aritmética la que toleró que se abriera una votación ilegal e inconstitucional de una conciliación que ya había sido negada. 
No es la aritmética la que erosionó las mayorías de la Unidad Nacional en el Congreso.
No es la aritmética la que empuja senadores fuera del recinto.
No es la aritmética la responsable de la pérdida de confianza.
No es la aritmética la que hizo que se esfumara el poder persuasivo de los desayunos en Palacio.
No. No es la aritmética. Es que después de casi ocho años de mayorías parlamentarias compradas para que muchos padres y madres de la patria mordieran recursos sagrados de todos los colombianos, los negociadores de los acuerdos de paz del teatro Colón, después de la derrota en el plebiscito, creyeron equivocadamente que todo lo que dispusieran entre los desprestigiados agentes del Gobierno y la guerrilla, sería pupitreado por el Congreso.
No es la aritmética. Al fin de cuentas, muchos integrantes de tales mayorías ya habían vendido sus votos para clavarles sucesivamente, y sin misericordia, a los colombianos unas reformas tributarias que hoy tienen casi paralizada nuestra economía colombiana y los mismos ya habían anunciado su disposición de usurpar del pueblo su carácter de constituyente primario, haciéndole juego al Gobierno para sustraerse de su compromiso de dejar en cabeza de la ciudadanía la última palabra sobre los acuerdos de paz.
Y no será, tampoco, la aritmética la que finalmente tenga en cuenta el presidente del Congreso a la hora de decidir si viola la Constitución y envía a Palacio como aprobado lo que fue negado o si, obediente, en vísperas de elecciones, le hace caso al ministro Rivera aun a riesgo de su propia integridad jurídica.
Lo triste es que la idea inspiradora de esta reforma no parece descabellada. Que en regiones donde el Estado ha brillado por su ausencia, las víctimas del conflicto puedan tener una representación especial es un propósito noble. Por eso habría que retomarlo con serenidad en la próxima legislatura, y con el trámite ordinario corregir el engendro que estaban montando que dejaba en manos de grupos criminales la presión en esas circunscripciones y diseñarlo bien, así la elección se efectúe en fechas distintas que las del resto del Congreso.
Si así se procede, no será, tampoco, la aritmética la que defina el mejor camino. Que no nos vengan con cuentos sobre las cuentas ni con historietas fantásticas sobre medios votos y votos a medias.

 

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