Lunes 18 de Junio de 2018
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TIMOCHENCO CON AMENAZAS DE GUERRA

Eduardo Mackenzie  

Poco después de que Gustavo Petro amenazara al país en plaza pública con una revuelta si no ganaba las elecciones, un medio internacional fue hasta un lugar desconocido en una región apartada para tenderle amablemente el micrófono a Timochenko para que repitiera la dosis. En efecto, cinco días antes de la primera vuelta de la elección presidencial, el jefe de las Farc lanzó frases de intimidación contra los votantes a través de France 24 en Español un canal de televisión francés con sede en Bogotá.

El director de ese medio, Álvaro Sierra, fue conducido a un lugar escondido que Timochenko designó sólo como “Puerto Esperanza”. A Sierra le permitieron que dijera que era una “vereda campesina” en “las planicies orientales de Colombia” lo cual es muy vago. Callar eso es poco deontológico. En un momento dado, la cámara capta el paso de dos guardias armados que vigilaban la entrevista.

La primera frase de Timochenko fue para dar a entender qué son las Farc. Ante los pobres resultados obtenidos por esa organización en las elecciones legislativas, el jefe terrorista se ufanó: “12 mil combatientes estamos ya en 50 000 votos. Eso no es un resultado modesto, y eso que todos los combatientes no pudieron votar”. Al hablar tres o cuatro veces en esa entrevista de “combatientes”, no de desmovilizados, Timochenko indica que su banda sigue en pie de guerra, aunque Santos y su prensa digan lo contrario. Pues si él tiene “combatientes”  y no desmovilizados es para jugar a algo muy diferente de la concordia nacional. No se entiende por qué la prensa, ante lo que dice Timochenko, insiste en describir a las Farc como una “exguerrilla”.

Timochenko explicó enseguida que las Farc son víctimas del país, que a muchos de sus “combatientes” les pusieron trabas para que no pudieran votar, que la plata les “llegó a último momento”, que no les dejaron hacer campaña “con todas las de la ley” y que las reglas del juego [electoral] no habían cambiado”.  Su interlocutor parecía estar de acuerdo con esas deformaciones. El jefe fariano adujo que la “batalla número 1” de las Farc es “la reconciliación” pero que ésta no avanza por culpa de los demás, sobre todo de “los medios y de la propaganda”. Estimó que “hay señales muy peligrosas, pues hay gente que quiere que se revierta el proceso” de la “implementación de los acuerdos” de La Habana, y que las Farc están siendo “estigmatizadas” para “justificar la liquidación del contrario”.

El periodista  evocó la detención de Santrich, “acusado supuestamente de conspirar para enviar cocaína a Estados Unidos”. ¿Esa captura pone en riesgo el proceso? “Claro”, respondió Timochenko, quien piensa que sus enemigos “no solo buscan a Santrich sino a la dirección de las Farc”, porque el tema del narco tráfico “ha servido para estigmatizarnos (…), para mostrar que éramos unos criminales, unos sanguinarios, y que lo único que nos interesa es la plata”. Las Farc, en realidad, son ángeles: “Los revolucionarios nunca buscamos el enriquecimiento personal”. En cambio, los otros “quieren que la sociedad nos rechace”. Y concluyó: “Las Farc no hemos sido narcotraficantes”.

Tras esa calentada de motores, Timochenko pasó al cuplé de la amenaza. France 24 en Español estima que “el uribismo” es el sector que “más duramente se ha opuesto a los acuerdos” de La Habana. ¿Si Iván Duque gana las elecciones “el proceso peligraría seriamente?”, preguntó Sierra. Timochenko respondió: “Estamos en la etapa final del Gobierno de Santos y el proceso está peligrando”. “Si la sociedad colombiana y la comunidad internacional  no se unen [para] acompañar este proceso no digo que nos vamos a la guerra nuevamente,  pero si pueden quedar sembradas las semillas para un nuevo conflicto. Para nosotros no hay vuelta atrás”.

Sierra: “Ustedes también hicieron cosas terribles durante la guerra y se han resistido a pedir perdón, en algunos casos lo han hecho pero no como algo amplio y más general”. Tratado de esquivar el punto, el jefe fariano repuso: “Esa es una opinión suya, no una pregunta”. Antes de lanzar, colérico: “¿Que quieren que yo diga?  ¿Que me arrepiento de lo que fui? ¡Yo no me arrepiento!”.

Timochenko usa con frecuencia el truco de transformar la sangrienta trayectoria de las Farc en simples “errores”. “¿Que se cometieron errores? Sí.  ¿Pero qué errores y en qué contexto se cometieron esos errores?”, preguntó. Y con el cinismo más brutal hizo este malabarismo verbal: “Nunca jamás se le dijo en las Farc a un comandante váyase con su tropa y llegue a esta población y acabe con toda la población civil que hay allí. Nunca”. ¿La memoria de Timochenko está vuelta trizas? No, el hombre relega más bien lo que quiere que los colombianos olvidemos: la montaña de atrocidades cometidas por el narco-comunismo durante 50 años. El diario El Tiempo, de Bogotá, en agosto de 2016, publicó un  excelente  mapa (1) de las 39 matanzas más grandes que las Farc cometieron en los últimos 20 años, en las que asesinaron a 609 colombianos. Allí están las de Bojayá, El Nogal, Mitú, Tarazá I y II,  La Gabarra,  Tierralta, El Billar, Barbacoas, Valdivia para nombrar sólo diez de ellas. Lástima que France 24 en Español haya olvidado, en esa entrevista y hasta en el resumen que hizo de ese encuentro, esos datos históricos (2).

¿Si Álvaro Sierra hubiera conocido esos hechos habría soportado sin chistar lo que le lanzaba Timochenko? “Si en alguna acción nuestra se afectó la población civil fue por las circunstancias de la confrontación, fue porque de pronto no se previó, pero nunca se dijo vaya y asesinen 15, 20 personas en ese poblado” ¿No fue eso, exactamente, lo que hicieron los jefes de las Farc antes de cada matanza? Convencido de que no habría contradicción, Timochenko se atrevió a rematar con esto: los que matan a la población son “los paramilitares, como una política de Estado”. Es decir, el Estado. El silencio de Sierra ante esas enormidades es asombroso. Su entrevista le permitió  a Timochenko hacer terrorismo mediático cinco días antes de unas cruciales elecciones presidenciales de Colombia. Nunca podremos olvidar esa pésima actuación de France 24 en Español.

 

 

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LA JEP NO ES CORTE DE JUSTICIA

RUEDA MARIAPor: María Isabel Rueda 20 de mayo 2018 , 03:09 a.m. Cuando capturaron a Zeuxis Pausias Hernández, alias Santrich, Humberto de la Calle fue el primero en decir que cómo habría quedado de bien construido el acuerdo con las Farc que hasta tenía instrumentos para manejar una crisis como esta. A los pocos días dio un volantín. Según su nueva posición, con la potencial extradición de Santrich “se están tirando la paz”. La detención de Santrich por reincidencia ya no era una muestra de fortaleza del acuerdo, sino que, por el contrario, lo que le pase a un solo individuo es capaz de dar al traste con los resultados de cinco años de negociaciones. Es decir, un proceso tan frágil, tan frágil, que la reincidencia de uno de sus cabecillas es capaz de “tirárselo”. La propia Iglesia, que ora por la igualdad del ser humano, cometió la desigualdad de alojar a Santrich entre sus sábanas de manera exclusiva, que no se extiende a ningún otro presidiario del país. Conocida la noticia de este acto discriminatorio de caridad, yo sí me preguntaba cuál iba a ser el valiente coronel de nuestro Ejército que iría a esta sede de la Conferencia Episcopal a golpear la aldaba y a pedirle a la sotana que abra la puerta, que le entregue a Zeuxis Pausias para extraditarlo a los EE. UU. Ese coronel ya puede respirar tranquilo. La JEP encontró la salida. O, mejor dicho, se la inventó, porque no tiene facultad para ello, con lo cual se salta el artículo 6 de la Constitución, que dice que los funcionarios públicos solo pueden hacer aquello para lo cual estén expresamente autorizados por la Constitución y la ley. Y en ninguna parte dice que la JEP puede suspender una extradición. Ah, perdón. Sí hay un artículo en el que aparece esa autorización. En el 134 de un reglamento interno que los magistrados de la JEP crearon a la medida de Santrich, contrariando la orden constitucional de que la JEP no puede dictarse sus propias reglas de competencia. ¿Por qué? Porque ningún juez puede decretarse su propia ley en un régimen democrático. En lo administrativo, el primer asalto de la JEP fue por la marmaja. Se dedicaron a pelear por las oficinas y los contratos. Y en lo judicial, acabamos de ser testigos de su primer asalto: aquel con el que pretenden soltar a Santrich. Si se suspende el motivo por el cual está detenido, que es extraditarlo, pues la detención ordenada para tal efecto, por unidad de materia judicial, queda igualmente suspendida. Cómo será de absurda la decisión de la JEP que, aunque está suspendido el proceso de extradición, no ocurre lo mismo con los términos que tienen los EE. UU. para presentar su solicitud, que siguen corriendo. Y más divertido todavía. La JEP le solicita a la Fiscalía remitirle todos los documentos relacionados con el trámite de extradición de Zeuxis Pausias. La Fiscalía tuvo que responderle que como el proceso de extradición se inicia con el pedido formal del extraditable por cuenta de EE. UU., y ello no ha ocurrido, “no existen los documentos del referido trámite de extradición”. A estas alturas, podemos resumir la embarrada de la JEP de la siguiente manera: — Pide suspender un proceso que no se ha iniciado. —La JEP no puede dictarse por sí, y ante sí, normas de competencia o de procedimiento. —La decisión sobre los procedimientos legales de la JEP es exclusivamente del Congreso. —La JEP no solo está usurpando esa función, sino que se apoya para ello en unos protocolos de procedimiento que se autoconfirió. —Según el Acto Legislativo 1 de 1997, las normas que rigen la extradición tienen que ser de tipo legal. La JEP acaba de modificarlas con un protocolo auto-atribuido. —La facultad asignada a la JEP de darse su propio reglamento interno categóricamente excluye que se autoestipule normas procedimentales. Este golpe de Estado de la JEP a la Constitución sí nos confirma, por esas características, las fuertes sospechas de la opinión pública de que la JEP no es una corte de justicia, sino una trinchera ideológica. De manera que Santrich, como lo pinta Beto Barreto en su genial caricatura del viernes pasado en EL TIEMPO, ya puede romper su huelga de hambre: “¿De verdad la JEP hizo ese favor por mí? ¡Que me traigan una bandeja paisa!”. Entre tanto… Fiscal Luisa Ortega: ¿qué relación tendrán los empresarios barranquilleros que le venden a Maduro comida dañada para los Clap, con que alimenta a su pobres, con la financiación de la campaña Petro? MARÍA ISABEL RUEDA

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FAJARDO UN CANDIDATO MENOS;EL POLO IZQUIERDISTA LO MATÒ

mauricio-vargas

 
13 de mayo 2018 , 03:39 a.m.
 

Hace apenas cinco meses, el exalcalde de Medellín Sergio Fajardo lideraba con cierta comodidad las encuestas de intención de voto con miras a la elección presidencial. A pesar de sus 61 años de edad, y de su desgaste en el cargo de gobernador de Antioquia, donde no le fue tan bien como en la alcaldía, seguía proyectando una imagen joven y fresca de antipolítico incorruptible, fácil de posicionar en un país hastiado de la robadera de la clase política tradicional.

 

Pero su liderazgo en los sondeos duró poco. En cuestión de semanas se vio superado por el radical de izquierda, Gustavo Petro, y el candidato del centroderecha, Iván Duque. En la recta final para la primera vuelta, conserva el tercer lugar por encima de Germán Vargas Lleras, pero tendría que protagonizar un acelerón sin precedentes para meterse en la segunda vuelta. ¿Qué le pasó?

Cuando iba de primero en las encuestas, dije que un problema de Fajardo era que registraba una imagen desfavorable muy baja, algo que no es tan positivo, pues, en medio de una campaña agitada, indica que su liderazgo carece de rasgos fuertes y definidos y que sus propuestas son tan etéreas que a nadie molestan. En política no es bueno ser el candidato chévere que a casi nadie disgusta: gobernar implica tomar decisiones duras y a veces impopulares, y el chévere proyecta la imagen de que no será capaz de asumirlas.

El grueso del respaldo a Fajardo se concentraba en los votantes jóvenes y los de mediana edad, de clase media y de las grandes ciudades, donde es más conocido que en los municipios medianos y pequeños. Se trata de electores afincados en el centro del espectro político. Y ahí nace el gran error de Fajardo: al aliarse con Claudia López, y sobre todo con el Polo Democrático, se posicionó como candidato de izquierda, y eso no es lo que querían los electores centristas que gustaban de él.

Como su movimiento, Compromiso Ciudadano, carece de organización política nacional, Fajardo confió la promoción de su nombre al Polo, que tiene capacidad de movilización en casi todo el país. Fue así como la divulgación de su candidatura en las regiones quedó marcada por las vallas de los candidatos del Polo al Congreso, en las que se leía ‘Fajardo Presidente’. Es seguro que esto ahuyentó a muchos votantes de centro que lo vieron entonces como el candidato de la izquierda polista.

Otra gran falla es que Fajardo asumió que con su imagen fresca, el énfasis de su mensaje en la educación (un objetivo loable pero carente de propuestas concretas en su programa) y su discurso anticorrupción le bastaba. Pero en una campaña larga, cargada de temas complejos como el desarrollo de los acuerdos de La Habana, los impuestos, la crisis de calidad de la salud, el desempleo y el rebrote del homicidio por el alza de los cultivos ilícitos y el renovado poder de las ‘bacrim’, pronto se hizo evidente que el limitado discurso de Fajardo resultaba insuficiente.

Las opciones del exalcalde de Medellín se fueron diluyendo mientras proyectaba una imagen que pasó en pocas semanas de refrescante a nebulosa. Por su asociación con la izquierda del Polo perdió a muchos electores de centro, sin que eso implicase conquistar votos de izquierda, pues estos se fueron donde Petro, con quien un izquierdista se identifica mucho más que con Fajardo. De paso, perdió su bastión natural en Antioquia, su tierra, pues allá eso de la izquierda nunca ha pegado mucho. La realidad es que hoy, en esas montañas, parece grande la ventaja de Iván Duque.

El exalcalde no está perdido, pero reitero que, para pasar a segunda vuelta, tendría que protagonizar un acelerón digno del Ferrari más veloz, en las dos semanas que quedan. Y hasta hoy no se le ven ni la convicción en el discurso ni las propuestas audaces e impactantes que podrían activar semejante arrancón.

MAURICIO VARGAS
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EL COMANDANTE PETROSKY CON LA LUCHA DE CLASES

Tatiana Cabello    

Gustavo Petro es, sin lugar a dudas, un personaje bastante particular. Es la mezcla criolla del Comandante Chávez, aquel que despilfarró la riqueza del País más rico de América, y un clásico dictador soviético… de esos que llevaron a la miseria a una de las naciones más importantes del mundo en nombre de la lucha de clases.

Es además un sujeto que ya tiene preparado su dedo expropiador, aquel súper poder que solo tienen los populistas empedernidos con el que quiere empezar a quitarle las tierras a cuanto propietario legítimo exista. Primero, sentenció a Incauca. Segundo, a Álvaro Uribe. Quién sabe qué persona siga después, pero si llega al poder tengan la seguridad que todos estaremos en la lista.

Y, por si fuera poco, es un personaje que pareciera vivir en un interminable cuento de hadas, donde los recursos son ilimitados y un árbol mágico ubicado en el patio del Palacio de Nariño expide billetes gratis por montón para financiar todas sus fantasías.

El hecho que no haya cumplido las interminables promesas que realizó en su campaña a la Alcaldía de Bogotá no es culpa de su arrogancia, ni de su incapacidad de trabajo en equipo, ni mucho menos porque prometió lo divino y lo humano, sino es responsabilidad de la espantosa oligarquía bogotana que le bloqueó todos los frentes de acción… curiosamente las mismas explicaciones que da el narco-régimen venezolano cuando trata de justificar lo injustificable.

Ahora, en su campaña a la Presidencia está volviendo a prometer el cielo y la tierra, pero, fiel a su estilo, de manera paralela emprende una guerra contra el sector privado con estigmatizaciones injustificadas: los ganaderos son paramilitares, los ingenios azucareros son latifundistas y el sector minero energético es tan dañino que hay acabarlo.

El Comandante Petrosky, sin embargo, tiene todas las credenciales para ejercer como Comandante en Jefe de las Fuerzas Militares: ya tiene la experiencia en combate y conoce perfectamente el funcionamiento de las guerrillas, mejor, de hecho, que cualquier General, dado que vivió esa experiencia en carne propia.

Colombia no puede caer en manos de un populista que motivado por un conjunto de resentimientos personales piensa destruir al sector privado, expandir desproporcionadamente el gasto público y llevar al país a un abismo interminable del que difícilmente nos recuperaríamos.

¡Duque Presidente!

@TataCabello

 

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POR QUÈ DUQUE PRESIDENTE

 
 
 

Vivimos hoy situaciones que tal vez no habíamos conocido antes. En primer lugar, el inmenso vacío político y la falta de liderazgo de los llamados a ejercer esa tarea no permiten trazar la hoja de ruta que el país espera. Luego, porque el Gobierno y el Congreso decidieron implementar y ejecutar el acuerdo negociado con las Farc, a pesar de que fue desaprobado popularmente. También, porque de un periodo de relativa bonanza pasamos a otro de desaceleración económica. A esto hay que agregar que las graves fallas del ordenamiento electoral incrementan la ilegitimidad del sistema político, mientras que la corrupción contaminó las tres ramas del poder público y llegó a extremos tan impensables como el del ‘cartel de la toga’.

 

Además del manejo cuestionable de las chequeras de la paz para los proyectos de desarrollo social y el funcionamiento de la JEP, hecho que compromete los aportes de la comunidad internacional, porque los contratos celebrados con cargo a estos recursos, según la Fiscalía, han generado beneficios indebidos a red de intermediarios, por lo que el acuerdo de La Habana pasa por una nueva prueba ácida, no por los ataques de la oposición, sino por la ‘mermelada’ que reparte.

Hay, por lo tanto, generalizado clima de insatisfacción e indignación ciudadanas de consecuencias electorales que nadie puede anticipar válidamente. Hoy, tras las elecciones parlamentarias que tuvieron ingrediente nuevo –dos consultas, que sumaron casi 9 millones de votos–, el panorama político se concentra en media docena de aspirantes a la presidencia, con dos de ellos, Iván Duque y Gustavo Petro, claramente distanciados de sus competidores, al menos a la luz de las encuestas de las últimas semanas.

Aunque aún todo es posible en las pocas semanas que faltan para los comicios, es muy probable que primera y segunda vueltas (si hay lugar a esta última) se definirán entre ellos dos. Tanto Duque como Petro tienen perfiles y características que no coinciden con los parámetros que tradicionalmente han conducido a la presidencia. Son outsiders. Pero lo más importante es que representan dos modelos opuestos de sociedad. Gustavo Petro, a quien muchos consideran de izquierda, tal vez por su pasado en el M-19, encarna el populismo asistencialista, antisistema y antiestablecimiento con todas sus consecuencias, que conocimos durante la pésima administración que presidió en Bogotá.

Con razón se ha dicho que Petro hizo más daño como alcalde que como guerrillero. Si bien hemos sido tierra estéril para el populismo, nada peor que apostarle a esa opción en un momento definitivo para nuestra institucionalidad. No podemos caer en el coletazo del populismo que se aplicó o está aplicando en otras partes con resultado conocido: agravó los problemas que denunció para llegar al poder y retenerlo, en vez de solucionarlos.

‘Es el que es’, reza el eslogan de la campaña Duque. Nada más exacto porque, en palabras de Hernando Gómez Buendía, es “la encarnación del centro centro, la cara nueva, la persona joven, el estilo amable, que tiene futuro, porque no tiene pasado, ni escándalos a cuestas”. Duque no solo “es el que es”, sino que además Sí es liderazgo, seguridad, desarrollo, empleo, educación, salud, conectividad y cultura. Además, representa al 75 % del país que está por debajo de los 45 años. Es parte de los jóvenes que merecen la oportunidad de reconciliar a los colombianos para devolverle a la nación la esperanza en un futuro mejor y la confianza en sus instituciones democráticas.

Podemos y debemos superar la confusión e incertidumbre reinantes si entendemos que entre las dos opciones aquí resumidas hay grandes diferencias en cuanto a su contenido, alcances y consecuencias, y si sabemos escoger la que más le conviene a Colombia.

JAIME CASTRO
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