Jueves 19 de Julio de 2018
LA EDUCACION ,LA MAYOR ESTAFA AL MUNDO

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LA EDUCACION ,LA MAYOR ESTAFA AL MUNDO

NAIM2

 
18 de febrero 2018 , 01:18 a.m.
 

Cada día, 1.500 millones de niños y jóvenes en el mundo acuden a edificios que se llaman escuelas o colegios. Allí pasan largas horas en salones donde unos adultos tratan de enseñarles a leer, a escribir, matemáticas, ciencias y más. Esto cuesta el 5 % de todo lo que produce la economía mundial en un año.

Una gran parte de este dinero se pierde. Y un costo aún mayor es el tiempo que desperdician esos 1.500 millones de estudiantes, que aprenden poco o nada que les vaya a ser útil para moverse eficazmente en el mundo de hoy. Los esfuerzos que hace la humanidad para educar a sus niños y jóvenes son titánicos, y sus resultados, patéticos.

 

En Kenia, Tanzania y Uganda, 75 % de los alumnos de tercer grado no saben leer una frase tan sencilla como ‘El perro se llama Fido’. En la India rural, 50 % de los alumnos de quinto grado no pueden restar números de dos dígitos, como 46-17, por ejemplo. Brasil ha logrado mejorar las habilidades de los estudiantes de 15 años, pero al actual ritmo de avance les llevará 75 años alcanzar la puntuación promedio en matemáticas de los alumnos de los países ricos. Estos y muchos otros datos, igual de desalentadores, están en el ‘Informe sobre el desarrollo mundial’, del Banco Mundial. El mensaje central del informe es que escolarización no es lo mismo que aprendizaje. En otras palabras, ir al colegio o a la escuela secundaria, y hasta obtener un diploma, no quiere decir que ese estudiante haya aprendido mucho. 

La buena noticia es que los progresos en escolarización han sido enormes. Entre 1950 y 2010, el número de años de escolaridad completados por un adulto promedio en los países de menores ingresos se triplicó. En 2008, esos países estaban incorporando a sus niños a la educación primaria a la misma velocidad que lo hacían las naciones de mayores ingresos. Claramente, el problema ya no es la falta de escolaridad. Es que –una vez llegan allí– no aprenden. Más que una crisis de educación, lo que hay es una crisis de aprendizaje. 

El Banco Mundial enfatiza en otros dos mensajes: uno es que la escolarización sin aprendizaje no es solo una oportunidad perdida, sino también una gran injusticia. Los más pobres son los que más sufren las consecuencias de la baja eficacia del sistema educativo. Todo esto se convierte en una diabólica maquinaria que perpetúa y aumenta la desigualdad, caldo de cultivo para conflictos de toda índole. 

Las razones van desde el hecho de que muchos de los maestros y profesores son tan ignorantes como sus estudiantes –y con niveles de ausentismo laboral muy altos– hasta que los alumnos sufren de malnutrición o no tienen libros y cuadernos. En muchos países, como México o Egipto, los sindicatos de trabajadores educativos son formidables obstáculos del cambio y, con frecuencia, la corrupción en el sector es alta. 

¿Qué hacer? Lo primero es medir. Por razones políticas, muchas naciones se resisten a evaluar de manera transparente a sus estudiantes y profesores. Y si no se sabe qué estrategias educativas funcionan y cuáles no, es imposible ir mejorando la puntería. Lo segundo es comenzar a darle más peso a la calidad de la educación. Si bien es políticamente atractivo anunciar que un alto porcentaje de los jóvenes de un país van al colegio, eso de nada sirve si la gran mayoría de ellos aprende poco. Tercero: empezar más temprano. Cuanto más mejore la educación a edades tempranas, más capaces de aprender serán los estudiantes de primaria y secundaria. Cuarto: usar la tecnología de manera selectiva y no como una solución mágica. No lo es. 

Quizá el mensaje más importante es que los países de menores ingresos no están condenados a que sus jóvenes no aprendan. Corea del Sur era en 1950 un país devastado por la guerra y con altos índices de analfabetismo. Pero en solo 25 años logró crear un sistema educativo que produce algunos de los mejores estudiantes del mundo. Entre 1955 y 1975, Vietnam también sufrió un terrible conflicto. Hoy, sus estudiantes de 15 años tienen el mismo rendimiento académico que los de Alemania. Sí se puede. 

MOISÉS NAÍM
En Twitter: @moisesnaim

 
18 de febrero 2018 , 01:18 a.m.
 

Cada día, 1.500 millones de niños y jóvenes en el mundo acuden a edificios que se llaman escuelas o colegios. Allí pasan largas horas en salones donde unos adultos tratan de enseñarles a leer, a escribir, matemáticas, ciencias y más. Esto cuesta el 5 % de todo lo que produce la economía mundial en un año.

Una gran parte de este dinero se pierde. Y un costo aún mayor es el tiempo que desperdician esos 1.500 millones de estudiantes, que aprenden poco o nada que les vaya a ser útil para moverse eficazmente en el mundo de hoy. Los esfuerzos que hace la humanidad para educar a sus niños y jóvenes son titánicos, y sus resultados, patéticos.

 

En Kenia, Tanzania y Uganda, 75 % de los alumnos de tercer grado no saben leer una frase tan sencilla como ‘El perro se llama Fido’. En la India rural, 50 % de los alumnos de quinto grado no pueden restar números de dos dígitos, como 46-17, por ejemplo. Brasil ha logrado mejorar las habilidades de los estudiantes de 15 años, pero al actual ritmo de avance les llevará 75 años alcanzar la puntuación promedio en matemáticas de los alumnos de los países ricos. Estos y muchos otros datos, igual de desalentadores, están en el ‘Informe sobre el desarrollo mundial’, del Banco Mundial. El mensaje central del informe es que escolarización no es lo mismo que aprendizaje. En otras palabras, ir al colegio o a la escuela secundaria, y hasta obtener un diploma, no quiere decir que ese estudiante haya aprendido mucho. 

La buena noticia es que los progresos en escolarización han sido enormes. Entre 1950 y 2010, el número de años de escolaridad completados por un adulto promedio en los países de menores ingresos se triplicó. En 2008, esos países estaban incorporando a sus niños a la educación primaria a la misma velocidad que lo hacían las naciones de mayores ingresos. Claramente, el problema ya no es la falta de escolaridad. Es que –una vez llegan allí– no aprenden. Más que una crisis de educación, lo que hay es una crisis de aprendizaje. 

El Banco Mundial enfatiza en otros dos mensajes: uno es que la escolarización sin aprendizaje no es solo una oportunidad perdida, sino también una gran injusticia. Los más pobres son los que más sufren las consecuencias de la baja eficacia del sistema educativo. Todo esto se convierte en una diabólica maquinaria que perpetúa y aumenta la desigualdad, caldo de cultivo para conflictos de toda índole. 

Las razones van desde el hecho de que muchos de los maestros y profesores son tan ignorantes como sus estudiantes –y con niveles de ausentismo laboral muy altos– hasta que los alumnos sufren de malnutrición o no tienen libros y cuadernos. En muchos países, como México o Egipto, los sindicatos de trabajadores educativos son formidables obstáculos del cambio y, con frecuencia, la corrupción en el sector es alta. 

¿Qué hacer? Lo primero es medir. Por razones políticas, muchas naciones se resisten a evaluar de manera transparente a sus estudiantes y profesores. Y si no se sabe qué estrategias educativas funcionan y cuáles no, es imposible ir mejorando la puntería. Lo segundo es comenzar a darle más peso a la calidad de la educación. Si bien es políticamente atractivo anunciar que un alto porcentaje de los jóvenes de un país van al colegio, eso de nada sirve si la gran mayoría de ellos aprende poco. Tercero: empezar más temprano. Cuanto más mejore la educación a edades tempranas, más capaces de aprender serán los estudiantes de primaria y secundaria. Cuarto: usar la tecnología de manera selectiva y no como una solución mágica. No lo es. 

Quizá el mensaje más importante es que los países de menores ingresos no están condenados a que sus jóvenes no aprendan. Corea del Sur era en 1950 un país devastado por la guerra y con altos índices de analfabetismo. Pero en solo 25 años logró crear un sistema educativo que produce algunos de los mejores estudiantes del mundo. Entre 1955 y 1975, Vietnam también sufrió un terrible conflicto. Hoy, sus estudiantes de 15 años tienen el mismo rendimiento académico que los de Alemania. Sí se puede. 

MOISÉS NAÍM
En Twitter: @moisesnaim

 
18 de febrero 2018 , 01:18 a.m.
 

Cada día, 1.500 millones de niños y jóvenes en el mundo acuden a edificios que se llaman escuelas o colegios. Allí pasan largas horas en salones donde unos adultos tratan de enseñarles a leer, a escribir, matemáticas, ciencias y más. Esto cuesta el 5 % de todo lo que produce la economía mundial en un año.

Una gran parte de este dinero se pierde. Y un costo aún mayor es el tiempo que desperdician esos 1.500 millones de estudiantes, que aprenden poco o nada que les vaya a ser útil para moverse eficazmente en el mundo de hoy. Los esfuerzos que hace la humanidad para educar a sus niños y jóvenes son titánicos, y sus resultados, patéticos.

 

En Kenia, Tanzania y Uganda, 75 % de los alumnos de tercer grado no saben leer una frase tan sencilla como ‘El perro se llama Fido’. En la India rural, 50 % de los alumnos de quinto grado no pueden restar números de dos dígitos, como 46-17, por ejemplo. Brasil ha logrado mejorar las habilidades de los estudiantes de 15 años, pero al actual ritmo de avance les llevará 75 años alcanzar la puntuación promedio en matemáticas de los alumnos de los países ricos. Estos y muchos otros datos, igual de desalentadores, están en el ‘Informe sobre el desarrollo mundial’, del Banco Mundial. El mensaje central del informe es que escolarización no es lo mismo que aprendizaje. En otras palabras, ir al colegio o a la escuela secundaria, y hasta obtener un diploma, no quiere decir que ese estudiante haya aprendido mucho. 

La buena noticia es que los progresos en escolarización han sido enormes. Entre 1950 y 2010, el número de años de escolaridad completados por un adulto promedio en los países de menores ingresos se triplicó. En 2008, esos países estaban incorporando a sus niños a la educación primaria a la misma velocidad que lo hacían las naciones de mayores ingresos. Claramente, el problema ya no es la falta de escolaridad. Es que –una vez llegan allí– no aprenden. Más que una crisis de educación, lo que hay es una crisis de aprendizaje. 

El Banco Mundial enfatiza en otros dos mensajes: uno es que la escolarización sin aprendizaje no es solo una oportunidad perdida, sino también una gran injusticia. Los más pobres son los que más sufren las consecuencias de la baja eficacia del sistema educativo. Todo esto se convierte en una diabólica maquinaria que perpetúa y aumenta la desigualdad, caldo de cultivo para conflictos de toda índole. 

Las razones van desde el hecho de que muchos de los maestros y profesores son tan ignorantes como sus estudiantes –y con niveles de ausentismo laboral muy altos– hasta que los alumnos sufren de malnutrición o no tienen libros y cuadernos. En muchos países, como México o Egipto, los sindicatos de trabajadores educativos son formidables obstáculos del cambio y, con frecuencia, la corrupción en el sector es alta. 

¿Qué hacer? Lo primero es medir. Por razones políticas, muchas naciones se resisten a evaluar de manera transparente a sus estudiantes y profesores. Y si no se sabe qué estrategias educativas funcionan y cuáles no, es imposible ir mejorando la puntería. Lo segundo es comenzar a darle más peso a la calidad de la educación. Si bien es políticamente atractivo anunciar que un alto porcentaje de los jóvenes de un país van al colegio, eso de nada sirve si la gran mayoría de ellos aprende poco. Tercero: empezar más temprano. Cuanto más mejore la educación a edades tempranas, más capaces de aprender serán los estudiantes de primaria y secundaria. Cuarto: usar la tecnología de manera selectiva y no como una solución mágica. No lo es. 

Quizá el mensaje más importante es que los países de menores ingresos no están condenados a que sus jóvenes no aprendan. Corea del Sur era en 1950 un país devastado por la guerra y con altos índices de analfabetismo. Pero en solo 25 años logró crear un sistema educativo que produce algunos de los mejores estudiantes del mundo. Entre 1955 y 1975, Vietnam también sufrió un terrible conflicto. Hoy, sus estudiantes de 15 años tienen el mismo rendimiento académico que los de Alemania. Sí se puede. 

MOISÉS NAÍM
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